Columnistas

A los 25 años de la Constitución

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05 de julio de 2016

En 1991 un grupo de personas, invocando la voz del pueblo, firmaban un documento con 380 artículos que sin más ni menos, determinaba la carta de navegación de Colombia: una nueva Constitución.

Los colombianos se unieron para celebrar un hito en la historia política del país. Como lo dijo César Gaviria, el presidente del momento, encontramos la fórmula para la construcción de una democracia más profunda, con mayores garantías para la paz y con un respeto a los derechos fundamentales de los ciudadanos.

Había razones para celebrar. Tres candidatos presidenciales asesinados, las bombas, un país sitiado por el narcotráfico y los sicarios en las calles ejecutando un plan pistola contra la policía.

Me acuerdo bien, que aquel 4 de julio de 1991 creí en un mejor futuro. A mis 13 años estaba “mamao” de crecer en medio de la violencia y de vivir en la “ciudad de la eterna balacera”. Por eso fue tan esperanzador ver todo el proceso constituyente.

El resultado fue un librito donde quedaron consignadas las claves para encontrar el rumbo hacia un mejor país. Una belleza completa. Nacía un Estado Social de Derecho, en el que desde Punta Gallinas hasta Leticia, desde cayo Alburquerque hasta La Guadalupe en Guainía, todos los colombianos contarían con las mayores garantías para el libre desarrollo de la personalidad y para un futuro glorioso como el que se merece Colombia.

25 años después podríamos decir que la Constitución ha cumplido en la medida de sus posibilidades. Un ejemplo es la creación de la tutela y las acciones populares como mecanismos para proteger los derechos fundamentales. Otro, la independencia del Banco de la República, que ha permitido el control de la inflación sin politiquería.

Sin embargo, a pesar de las cosas buenas, si se mira el hoy de Colombia, podríamos asegurar que no hemos sido capaces de hacer respetar la Constitución y le hemos puesto todas las trabas del mundo para que su esencia no funcione. Por ejemplo, el derecho a la vida, que es lo primero que protege la Constitución, no se cumple. Basta con mirar la cantidad de muertos de 1991 a hoy o los pacientes mal atendidos del sistema de salud y ni hablar de las brechas de iniquidad por la corrupción.

Eso pasa, es una realidad. Pasa porque algunos le hacen pistola a la Constitución, y ponen los intereses propios por encima de cualquier cosa. Hacen lo que sean para lograr lo que quieren y tristemente, los políticos son los primeros en la lista de violadores del espíritu de la Constitución. Suena duro, pero es verdad.

Sufrimos, por ejemplo, de tutelitis, que, en palabras más, palabras menos, es la reacción de una ciudadanía que trata de defenderse como león peleador sin ley ante los abusos del poder y la vulneración de la Constitución. Más de siete millones de tutelas se han interpuesto de 1991 a hoy. Unos dirán que es un logro constitucional, pero es vergonzoso saber que la principal causa de las tutelas es la salud, lo cual devela una crisis absurda en el sistema y la corrupción de muchos. En otras palabras, es la confirmación del irrespeto al derecho fundamental a la protección social, consagrado en la Carta Magna. ¿Y por qué un irrespeto? Porque sencillamente, robarle al sistema de salud es muy provocativo.

¿Y qué opina del llamado control y fortalecimiento político? La Constitución plantea rigor y disciplina. Hombre, pero en Colombia no se puede desentender de las mañas clientelistas, demostrando así que los políticos encuentran la forma de amaño más propicia para ellos.

Amanecerá y veremos si en algún momento la protección de Dios, esa misma que invoca el preámbulo de la Constitución, hace efecto y de verdad le permite a la Constitución ordenar al montón de ovejas descarriadas que hay en Colombia. Si eso no es así, ánimo Colombia con su Constitución para ángeles o deja esto en manos del Procurador. Ahí sí, atengamos a lo que sea.