A Santos se le desquicia el país
El 2017 presenta alteraciones y afectaciones severas en el comportamiento de la economía, la política, el medio ambiente y la salud social y mental de los colombianos. El único que parece no percatarse es el presidente Juan Manuel Santos. Al mejor estilo de Fabio Echeverri Correa, su antípoda, Santos cree que va muy bien, aunque el país va mal.
El comercio está frenado. En Antioquia, por ejemplo, los quejidos hacen coro: el consumo se contrajo y es posible encontrar locales desocupados en El Hueco, en pleno paseo peatonal Carabobo, el nicho de los cachivaches paisas. En Medellín y el Valle de Aburrá la tasa de desempleo llegó al 11,3 por ciento, por encima de trece ciudades capitales y sus áreas metropolitanas.
La inversión extranjera directa, en sectores diferentes a petróleo y minas, ha “perdido ritmo”, según una expresión oficial que busca maquillar una caída, hasta agosto, superior al 45 por ciento. Del campo colombiano, ni hablar: el Ministerio de Agricultura aceptó hace un mes que aún se importan 12 millones de toneladas de comida al año.
Las proyecciones advierten un crecimiento económico nacional, en 2017, de apenas entre el 1,6 y el 1,8 por ciento. Un comportamiento “tibio”, con asomos de depresión y desespero. Y bastante susto.
En el proceso de posconflicto y construcción de la paz, el logro más cacareado por nuestro Nobel, hay hechos que preocupan: los grupos disidentes de las Farc, según InSight Crime, ya sumarían más de 1.000 hombres y están en 48 municipios. Los problemas en las zonas de reinserción (desde los de seguridad, hasta los de infraestructura básica, pasando por los productivos y de capacitación) son crecientes. Las oficinas del Gobierno Nacional para el tema, denuncian los desmovilizados, incumplen los acuerdos. El cese al fuego con el Eln muestra fisuras y el asesinato de líderes sociales e indígenas suma 83 casos en 2017.
Al país lo mantienen estupefacto e indignado los escándalos de corrupción que atraviesan la contratación pública y la justicia, con metástasis crítica en la Corte Suprema de Justicia. Al presidente se le despedaza su “unidad” en el Congreso y la gobernabilidad y la favorabilidad de su gestión no repuntan.
Entre tanto, desde sus opositores de derecha y de izquierda apenas brotan epítetos, insultos y oportunismos de campaña. Una carga de polaridades que no le deja a Santos mínimos resquicios para alentar propósitos comunes ni reconciliaciones sociales, y menos políticas.
Presidente, primero nos desquiciaba la guerra, ahora nos trastorna “su paz”. Dése una pasadita por el país real.