Abundantes derechos, domesticados
En Colombia, todos tienen derecho a todo: derecho a la vida, derecho a la integridad, derecho a la salud, al trabajo, al descanso, al libre desarrollo de la personalidad, a callar y a gritar. Hay derechos de todo tipo y para todos.
Los derechos se invocan, se predican, se vociferan, se vanaglorian y se demandan, para bien y para mal. Derechos por diestra y por siniestra; derechos para defender y para atacar. Derechos por doquier: abundantes derechos en la tierra del “no hay derecho”.
Las cárceles colombianas están repletas de derechos. Los derechos contenidos en la Constitución y el Código Carcelario y penitenciario adornan el confinamiento en la fábrica de animales. El derecho al trato digno es mandamiento; el derecho a estar libre de tortura es juramento; y el derecho a la resocialización es promesa.
Son tantos los derechos que hay congestión y nada funciona como debe. En ese hacinamiento, la violencia y el miedo rigen la vida en prisión; los derechos son puro adorno.
El trato a los niños colombianos también está calificado por los derechos. Los derechos contenidos en la Constitución y el Código de la infancia y la adolescencia embellecen el marco protector. Los niños, las niñas y los adolescentes tienen derechos y libertades, y su protección, reza el código, está garantizada por la familia, la sociedad y el Estado.
Los derechos de estas adoradas personitas son especialísimos: tan chiquitos que se refunden. Con grandilocuencia protectora y paternalista, los derechos de los niños, las niñas y los adolecentes son un lindo cuento que encubre maltrato y dominación.
Los afrocolombianos son sujetos de especial protección en esta Colombia multiétnica; tienen derechos diversos, no solo individuales sino también colectivos. La Constitución y la ley así lo proclaman. No solo el derecho a la vida digna los acompaña, también están dotados del derecho al territorio y todo tipo de derechos étnicos que adornan el ejercicio de los otros derechos. Derechos y más derechos que en tanta diversidad se pierden. Con aparatoso engaño, los derechos de los afrocolombianos son quimeras que ocultan su discriminación, opresión y olvido.
Las personas desplazadas por la violencia también tienen muchos derechos, pero no les han servido de mucho. Sus derechos, como ellos, han sido desterrados. Igual panorama acompaña a los adultos mayores, a las personas con discapacidades, a los indígenas, a los disidentes, y a muchos otros sectores poblacionales que están llenos de derechos pero vaciados en la vida.
No es mi propósito atacar la reivindicación de derechos como herramienta para buscar cambios, pero sí subrayar la distorsión que acompaña el uso de los derechos en Colombia. Su promoción parece una campaña publicitaria que promete el oro y el moro y no entrega nada: todo el mundo lo sabe pero todos siguen enganchados –tanto por desesperanza como por esperanza.
Ahora que el lenguaje de derechos vuelve a invadir la política y la vida social colombiana, valdría la pena asegurar que los derechos sean algo más que discurso.
Si los derechos son solo promesa vacía se tornarán en artefactos para adormecer y paralizar a los grupos que los reclaman. La invocación rutinaria de los derechos puede tornarse en un medio que doma a las personas más necesitadas, amansa a los movimientos sociales y devalúa el contenido mismo de los derechos proclamados.
La repetición sin sentido de los derechos conduce a su quiebra: así, estamos llenos de derechos domesticados.