Adiós a un rumbero
En El Goce Pagano, el Vaticano de la salsa bogotana en los años ochenta, pocón de Chanel, mucho pachulí de la socialbacanería. Cero Mozart o Beethoven, que no falten Ismael Rivera, Johnny Pacheco, la Orquesta Aragón.
Gustavo Bustamante, de la trinidad fundadora del Goce, escogió noviembre para abrir el paraguas y volverse leyenda. Le sobreviven César Pagano y Juan Gaviria. De una nota de Pagano para Alternativa de García Márquez y Enrique Santos, salió el nombre del mítico bar que funcionaba en la carrera 13A con calle 23. Sin renunciar al viejo sabor, hoy opera por los lados de la U. de los Andes.
El Nobel y Santos fueron fugaces parroquianos del Goce por donde también pasaron Fanny Mikey, Jaime Bateman, Germán Vargas, Juan Camilo Restrepo, Petro, Pérez Prado, Celina sin Reutilio. Los demás éramos los demás.
Quedaba en un sector algo siniestro que tenía el encanto de la manzana para Eva. Para sacar el master en ese coctel de opio y religión de los noctámbulos llamada salsa, había que dejar el culillo en casa. En el reducido local se azotaba baldosa, apretaítos.
En el Bogotá y en el Medellín del antier cuando los maridos no aparecían los buscaban en casa de Blanca Barón o de Marta Pintuco, dueñas de la noche. A los maridos prófugos de los ochenta los pillaban en el Goce de Gustavo.
Conversador de élite, Bustamante era siquiatra, doctora corazón, polemista ilustrado. Como barman, coleccionaba y guardaba secretos. Descifraba a su interlocutor con su mirada penetrante en la que se advertían goticas de ironía. Era avaro para la sonrisa.
De él no era amigo el que quería sino el que podía. Cuidaba su intimidad como si fuera un disco de 45 revoluciones incruentas por minuto.
“Los papeles del goce” hablaban de su pasión por la lectura. Mucha fotocopia, adiós derechos de autor. El brasileño Jorge Amado felicitó a los piratas colombianos que editaron su obra “El niño grapiuña”.
Despachaba a los rumberos con su dosis personal de salsa y algún texto perturbador. Así combatía la pereza mental. Los papeles eran una especie de propina al revés que daba el dueño. Con cargo a las finanzas del bar editó “Primero estaba el mar” de su mesero estrella, Tomás González. En la novela “A pesar de la noche” de su amigo Guillermo González, Gustavo se regala esta selfi: “Soy el duro, el barman, el dueño del negocio, soy el que despacha, atiende y conversa. Y discute. Soy el duro porque la vida me ha curtido. No le como cuento a nadie ni a nada”.
La pianista Teresita Gómez, quien tocó en el Goce (metieron el piano por debajo de la puerta), le confesó a la revista Arcadia: “Mi vida, mi música, no serían igual si no hubiera pasado por ese mágico lugar...”.
Descansa en tu salsa eterna, hombre Gustavo.