¡Agradezca y dígalo! es Navidad
Una persona tan inteligente como significativa para mí, decía hace poco que la relación con otros, cualquiera que sea la naturaleza de la relación, es una tarea compleja en la que saber cuál es el equilibrio correcto de todos los factores involucrados en ello es arduo, como por ejemplo señalaba ella: “saber qué decir y cuándo, es difícil; y el que no dice nada, erra tanto como el que en su verborrea insiste”.
Así como el cuándo, saber qué decir y qué no, es algo que tal vez ni después de muertos aprenderemos pues es un proceso inacabable de ensayo y error. Pero cuando no existe la posibilidad de escoger entre hablar y callar, sino que debemos optar por un poco de ambas cosas, resulta más espinoso definir la proporción. Por eso dicen que la diferencia entre remedio y veneno es la dosis.
Sin embargo, hay algo en que me atrevo a decir que el dilema del cuándo, del qué y del cuánto decir no debería existir, pero sin embargo nos autoimponemos mordazas injustificadas.
Un estudio reciente de Amit Kuma, de la Universidad de Texas, y Nicholas Epley, de Booth School of Business de la Universidad de Chicago, denominado “Undervaluing Gratitude: Expressers Misunderstand the Consequences of Showing Appreciation”, confirma, no descubre, que subestimamos el valor y los efectos positivos de manifestar gratitud. La intención de darle las gracias a alguien, cercano o no, que consideramos hace o hizo algo importante para nosotros muchas veces no se materializa por: el miedo a creer que la forma será inadecuada, por la sospecha, normalmente sin fundamentos, que el destinatario del agradecimiento lo subestimará o interpretará como una falsa adulación con el propósito de obtener algo a cambio. Tantos temores y prejuicios nos privan de un poderoso instrumento para mejorar la convivencia y el bienestar, tanto de quien expresa gratitud como de quien la recibe.
Como el sentimiento de gratitud es tan personal y subjetivo, no creo que exista, y tal vez no existirá, un patrón que permita establecer las razones “correctas” por las que uno deba agradecerle a otra persona. La valoración de lo que otro representa para uno, o lo que hace por uno, es tan particular como todos nosotros y quizás por eso no hay algo por lo que uno no deba agradecer.
Estamos en una época maravillosa pero tergiversada del año, que se ha convertido en la disculpa para que quienes tienen una vida miserable, crean encontrar solución, así sea temporal, en el derroche, la ebriedad y un supuesto permiso para la desmesura que ellos suponen merecido. Otros creemos que la Navidad es alegre porque significa renacimiento y porque es el momento para dar gracias a tantos que se lo merecen, incluso por razones que ellos no logran comprender.
¡No se abstenga de agradecer y decirlo! Con los años aprendemos que uno se perdona todo, menos lo que dejó de hacer o decir.