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AL BORDE...

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20 de noviembre de 2016

Es verdad que somos un país al borde del éxito o del fracaso. Parecemos siempre desplazarnos por la cornisa casi a punto de caer, como canta Cerati. Y caer ya sea hacia un lado u otro. No somos capaces de romper hacia ninguno. En los ochenta y los noventa el infierno se nos venía encima. Pero no, nos defendimos como pudimos. Y a veces parece que quebramos hacia un futuro promisorio, pero tampoco. Y no va ha pasar.

Nos complicamos siempre la vida. Pareciera que no quisiéramos tomar el riesgo de tener éxito y nos quedamos dichosos en la falsa seguridad y comodidad de la mediocridad. Ni pa un lado ni pa’l otro. Una condena, y no dulce como entona Calamaro.

Y seguimos sobrediagnosticándonos. Porque para eso sí somos buenos. Para echar cháchara y hablar sobre los problemas pero no para ponernos en la tarea de solucionarlos. No nos comprometemos colectivamente en resolver los problemas públicos que son responsabilidad de todos y nos afectan a todos. Nosotros solucionamos cada uno por su lado nuestras dificultades particulares y ya.

He estado leyendo por cuestiones de trabajo algunas partes del Plan de Desarrollo Nacional para el cuatrienio 2014/2018. Es un documento extenso. Incluye políticas, programas y planes de todos los pelambres en un laberinto monumental. Está bien hecho en el diagnóstico de las problemáticas pero las soluciones son un galimatías. Pensaba mientras lo leía: esto es un sancocho muy bravo. Y siempre ha sido así, siempre.

En contacto con la administración pública he venido a entender qué es eso del “Santanderismo” en cuanto a nuestro comportamiento como nación. No hacemos las cosas, solo sacamos leyes y normas y creemos que con eso está lista la tarea. No nos ponemos a trabajar sobre la verdadera implementación juiciosa de las soluciones. ¿Un problema? Sacamos una ley para que creamos que hicimos algo. Somos los machos para enredar y decir que se debería hacer pero unos verdaderos fracasados cuando llegamos a la hora de hacer que las cosas pasen, de solucionar en el terreno, de trabajar juntos. Pareciera que le temiéramos a emprender el camino del progreso colectivo, a ser mejor como Nación.

Nos perdemos en la desidia, en la mamadera de gallo, en la disculpa, sacamos norma tras norma que hacen imposible la actuación. Llegamos a la inmovilización precisamente por culpa de la norma. Sabemos eso y nos encanta. Es patrimonio nacional este comportamiento. Creemos que por sacar una norma los problemas se solucionan, pero generalmente la norma nos la inventamos para no hacer las cosas. ¿Un problema? una norma para no solucionarlo. Así funciona el Estado colombiano.

Y eso ya está en la conciencia nacional, o por lo menos en la cultura organizacional pública y es culpa de todos, sin excusa. Vamos pasito a pasito mejorando algunas cositas, obteniendo algunos éxitos, una que otra medallita, pero de dar el paso a ser un país grande y decente nos olvidamos. Eso no es cosa nuestra. Cada quien tira para su lado sin un propósito colectivo claro. Como dicen por ahí: Seguimos siendo una nación a pesar de nosotros.