Columnistas

Alrededor del fuego

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Ingeniero de Producción de EAFIT y magíster en Administración Pública de Harvard, quien con su liderazgo humanista ha revolucionado la asistencia social en Antioquia. Desde el liderazgo en Comfama impulsa la cultura, el arte y la educación como motores de transformación social. David cree que Medellín puede reinventarse como una zona azul urbana, ejemplo mundial de salud, comunidad y felicidad.

10 de septiembre de 2018

Querido Gabriel,

Miles de años atrás, en una pequeña área libre de selva, en medio de lo que mucho después tomaría el nombre de América, hacia lo que hoy llamamos el río Amazonas, una comunidad comparte sus alimentos alrededor del fuego. Uno de ellos, con un bello rostro y talante de oráculo, tiene “la voz cantante”. No tiene que hablar mucho. Cada uno interviene en su turno, aporta, pregunta, opina o simplemente observa. Si pudiéramos ser parte del grupo y no meros visitantes del futuro, sentiríamos en el cuerpo una comodidad indecible, cierta tibieza en el abdomen y la mirada relajada. Sería evidente que algo invisible conecta a los participantes. No es una conversación normal, ni una discusión, tampoco tiene la forma de una conferencia o una ceremonia religiosa. Sin embargo, hay algo mágico, una conexión superior, algo así como una danza de palabras y miradas, un encuentro que casi que podría crear un mundo nuevo.

¿Hablamos de esos momentos en los que nos encontramos con quienes amamos y conversamos de la vida y del saber, sin rumbo fijo? Esta semana tuve un par de cenas que al comienzo me pesaron un poco en los ojos, porque he estado trabajando mucho. A eso de las 6 p.m. pensé, por unos segundos, excusarme amablemente. Siquiera no lo hice porque ese instante de valor me permite escribirte hoy. ¿No crees que una buena comida con amigos es el mejor escenario para el amor, el aprendizaje y la creación?

Se trata de algo más profundo que el acto biológico de consumir alimentos, y de lejos supera cualquier obligación social. Te propongo una tertulia con la gente que más queramos y nos quiera, con personas que compartan inquietudes y búsquedas. El tema sería la conversación, en particular la del antiguo ritual de la comida, antes alrededor del fuego, y hoy, de la buena mesa. ¿Has reflexionado sobre esa intimidad, confianza y sincronía de corazones? Si algunos del grupo preparan la cena, para que absorba los buenos sentimientos, como decía mi abuela, y que los más viajeros escojan el vino (o lo que cada uno use para mojar la palabra y ablandar la mirada), te prometo que seremos dichosos. Podremos conectarnos, por ejemplo, con ese amigo que perdió a su amada recientemente. No será necesario dar pésames. Bastará con escucharlo, abrazarlo y dejarle saber que tiene muchas historias por compartir y otras tantas por vivir.

Si alguien se excede en su conversa, lo calmaremos con una señal sutil, tal vez le pasemos el pan o le pedimos la sal. Si alguien se toma uno de más, lo abrazaremos con miradas, en silencio, y será parte, a su manera, del trance hipnótico del buen encuentro. Si sucede, por ejemplo, que alguien se molesta o se siente triste, el grupo lo llevará a buen puerto con un brindis, un poco más de arroz, un postre de frutas.

Invitemos a muchas cenas con los amigos, con la familia, con la gente que queremos compartir la vida. Si lo hacemos bien, dejamos al lado el celular y permitimos que nos acoja la vibración del momento, veremos que la mejor tertulia sucede en medio de la delicia del paladar, el buen vino y la complicidad de la amistad.