Columnistas

amarga victoria

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15 de diciembre de 2014

Pocas veces ha habido en Brasil una victoria tan poco festejada. Ni siquiera el partido de la vencedora, altisonante y dado a autocelebraciones, vibró lo suficiente para despertar al país del letargo. Los más expertos quizá hayan percibido que sus funcionarios se apagaron, con graves pérdidas de entusiasmo y de la adhesión de la juventud, así como con ciertas muestras de rencor entre los sectores más modernos del empresariado.

La presidenta Dilma Rousseff, reelecta en los comicios del 5 de octubre, posiblemente saboree su éxito con cierta amargura. Es indiscutible la legalidad de su victoria, pero sí es discutible su legitimidad. Lo que se dijo durante la campaña electoral no se correspondía con la realidad. Solo su ministro de Hacienda, que cohabita con el nuevo ministro designado, puede decir con cara seria que la economía saldrá del estancamiento y que los males que la asolan vienen de la crisis mundial.

Recientemente, haciéndole coro a esa euforia por encargo, ante datos que muestran un ‘’crecimiento’’ de 0,1 por ciento del producto interno bruto durante el trimestre pasado, tuvimos la repetición de esa locura: Finalmente, la economía habría salido de la ‘’recesión técnica’’ sufrida durante dos o más trimestres seguidos. Palabras, palabras, palabras que no engañan siquiera a quienes las pronuncian.

En la formación del nuevo gabinete, la presidenta comenzó a actuar (escribo antes de que ella haya terminado la tarea) en el sentido de desdecirse de lo que pregonara en la campaña. Buscó un tripié “de derecha’’ para el mando de la economía.

La presidenta, con este trastrocamiento, debe de sentir cierta apremiante falta de legitimidad. Fue a partir de la acción en la Casa Civil, y de ahí en adelante, como se implantó la “nueva matriz económica’’: más gasto gubernamental y más crédito público por cuenta del erario. Fue eso lo que no dio resultado y sirvió de palanca para otros equívocos que hicieron que el gobierno del Partido de los Trabajadores perdiera la confianza de la mitad del país. Por no hablar de la quiebra moral.

Es falaz la afirmación de que la oposición se anotó victorias en áreas geográficas tomadas aisladamente: un sureste rico en contraposición al noreste pobre, lo mismo en cuanto al sur y en cuanto al centro-oeste en relación con el norte. O de ricos contra pobres, al modo de la política de Lula.

De ahí viene cierta tristeza en la victoria: La tarea que debe cumplirse estaría mejor realizada con la esperanza, el ánimo y el compromiso de campaña de los que no ganaron.

Toca ahora a los victoriosos ponerse la camiseta de sus opositores (como hizo Lula en 2003), continuar maldiciéndonos y hacer mal lo que nosotros haríamos de cuerpo y alma, es decir, mejor. Atención: La economía no lo es todo. Menos todavía un ajuste fiscal. El éxito de una política económica depende, como es obvio, de la política. La economía es política.

La política exige convicción, capacidad de comunicarse, mensaje y desempeño. En el Plan Real, me tocó ser el heraldo, hablar con la sociedad, ir al Congreso, convencer al propio gobierno. El presidente Itamar Franco (1992-1995) tuvo la sabiduría de designar para sucederme al embajador Rubens Ricupero, economista de renombre, que desempeñó el mismo papel.

Y ahora, ¿quien desempeñará la función de gobernar en una democracia? Es decir, obtener los apoyos, el consentimiento, la adhesión de los demás actores políticos. Del Congreso, de las empresas, de los sindicatos, de las iglesias, de los medios. En una palabra, de la sociedad.

Rousseff, mujer sincera y celosa de sus opiniones, ¿tendrá las condiciones para convertirse en golondrina de un mensaje execrado por ella y por su grey? ¿El nuevo equipo económico tendrá este perfil o se aislará en el tecnicismo?

Es más fácil reorganizar la economía que acertar en política. ¿Qué se puede hacer con esa enorme cantidad de partidos y ministerios, entrelazados más por intereses, muchos de los cuales son oscuros? Sin liderazgo no hay nada qué hacer. Y con miopía electorera, menos todavía.

Ojalá que no sean los jueces los únicos que purguen nuestros males, como ocurrió en Italia, incluso porque en ese ejemplo, el resultado posterior, la elección de un demagogo como Silvio Berlusconi, no fue nada promisorio.

* Expresidente de Brasil