Amistades tóxicas
Todos hemos jugado con fuego y nos hemos quemado. Es ley de vida. Quien más quien menos arrastra un par de cadáveres a sus espaldas, de amigos o de relaciones pasadas que le dejaron al borde del manicomio por ensimismamiento o excesiva dependencia. La ceguera mental nos nubla tanto la razón que, a veces, ni siquiera un informe exhaustivo de la mismísima Interpol podría hacernos caer de la parra. «La hemos pillado. Lidera una red global de taximerdistas experta en disecar especies en peligro de extinción que, además, trafica con madera de las selvas de Borneo y con el hielo de los polos para hacer gintonics y otros cócteles. Pablo Escobar a su lado era un monaguillo. “El Macho”, el malo malísimo de la película Gru, un aprendiz». Pero aunque el agente Johnson nos muestre los vídeos en los que ella aparece embalsamando a un oso polar y momificando a un gorila del Congo mientras disfruta de una piña colada a base de hielo batido del mar de Beaufort, negaremos la mayor. «La obligaron. Ella no es así. Jamás haría daño a nadie», clamaríamos a sabiendas de que una vez la descubrimos torturando a una mosca y que es llevarla al campo y ponerse a pisar hormigueros como una posesa. Sólo pasado el tiempo, tras muchas traiciones, el encantamiento se deshace y aquellos a quienes endiosamos, los mismos que nos manejaban como títeres, se nos muestran viles y mediocres, y nos preguntamos cómo diantres pudimos tenerlos tanto tiempo a nuestro lado.
Algo parecido le ocurre por ahora al señor Trump. Da igual que le recuerden quién es y de dónde viene Vladimir Putin, que para él es su amiguito del alma. Es cierto que no es la primera vez que los líderes estadounidenses han tutelado y hasta financiado a supervillanos globales. Desde Centroamérica a Asia, hay decenas de casos. De hecho, uno de sus grandes aliados actuales, Arabia Saudí, es un régimen despótico, cuna del islamismo más radical. Sin embargo, conviene recordar al futuro presidente de EE UU que, aunque ya no haya telón de acero, no es lo mismo dar una rueda de prensa borracho como una cuba con el bonachón de Boris Yeltsin, como hizo Bill Clinton en pleno deshielo, que con un exagente del KGB que lleva 17 años en el poder, alternándose en la cúspide con Medvedev, una relación que algunos han comparado con la de Batman y Robin. Tras ese tiempo, no me negarán la mayor: que en Rusia no se mueve una rama sin que lo sepa Putin. Tampoco desaparece nadie sin que él lo ordene. Así que en una dictadura zarista en la que periódicamente se alternan Putin y su avatar, tras un paso cosmético por las urnas sin oposición real, ya que esta ha sido comprada, exterminada o enviada a los gulags siberianos, lo más probable es que la corrupción sea el pan nuestro de cada día. Dado que Trump hace más caso a Wikileaks que a sus propios servicios de inteligencia, convendría que hiciera caso a los cables de la embajada de EE. UU. en Moscú destapados por esta misma organización, a la que Trump venera, y en los que se define a Moscú cómo un «Estado mafioso». Sin embargo, algo me dice que el fututo presidente preferiría el peor de los tormentos –que le quiten la cuenta de Twitter, entre ellos– a rectificar. Así que, aunque ha admitido la injerencia rusa en las elecciones, él sigue a lo suyo. «Sólo los tontos pueden creer que tener buenas relaciones con Rusia es malo», ha afirmado. Veremos quién es el tonto. Porque no es lo mismo llevarse bien con los rusos que con Putin.