Columnistas

Animarlos más y presionarlos menos

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11 de julio de 2016

En un honesto deseo de que nuestros hijos tengan todas las oportunidades posibles desde muy pequeños, los padres estamos sobrecargándolos de tantas clases, entrenamientos, competencias y demás, que no pueden apreciar lo mucho que tienen. Lo grave es que así impedimos que ellos puedan dedicarse a aventurar, gozar y explorar el mundo sin más interés que el de pasar un rato agradable o aprender por sí mismos lo que les interesa.

Lamentablemente hoy en día los niños están tan saturados de toda suerte de compromisos que no pueden dedicarse a indagar sobre sus intereses e inquietudes y, por eso, muchos de ellos no disfrutan nada ni agradecen los esfuerzos que hacemos sus padres por ofrecerles cuantas “oportunidades” se les ocurran. Lo deplorable es que en esta forma estamos dando lugar a que nuestros hijos vivan saturados de actividades y frustrados porque no logran dominar tantos frentes.

Sin embargo, lo que logran los padres con su desaforado interés por darle a los niños todo lo que pueda contribuir a que se destaquen, es que ellos se sientan incompetentes cuando no pueden satisfacer nuestras expectativas. Además, como sus horarios están repletos de miles de compromisos sociales, académicos, deportivos o artísticos, la mayoría de ellos sienten que nos defraudan cuando no logran estar a la altura de lo que nosotros esperamos.

Lo triste es que, cuando los logros de los hijos se convierten en una prueba de nuestra calidad como padres, la crianza deja de ser una experiencia que nos llena la vida de grandes satisfacciones y buenos recuerdos, para convertirse en una tarea demandante, agotadora e ingrata.

Es urgente que como padres nos cuestionemos si lo que les damos y hacemos por los niños sí es lo que ellos precisan o, por el contrario, es lo que aspiran nuestros egos. Lo fundamental no es que ellos sobresalgan en todo sino que puedan reconocer y valorar sus talentos, agradecer sus privilegios y así dedicarse a dar lo mejor de sí mismos a su familia, a su país y, sobre todo, a tantos otros niños que no tienen las mismas ventajas y que necesitan de su solidaridad.