Aniversario de bodas
Se cumple un año de la muerte de un abuelo. Su viuda, descendientes y allegados asisten a una misa en una iglesita recién reconstruida y ampliada. El decorado es minimalista, paredes blancas, anchos tablones de madera laminada gris claro, una cruz equilátera sin figura alguna. El único cuadro es una pintura ¿o foto? en blanco y negro de la santa epónima.
El predicador tiene fama de llenar el recinto con gentes de muchos barrios aledaños. ¡Por fin un buen orador en las rotatorias liturgias de domingo! Dice que lo importante no es bajar el número de acciones malas sino aumentar las buenas. Al otro lado de una escueta tabla erguida, un confesor canoso escucha las acciones malas de las gentes buenas. Los asistentes cercanos pujan por oír estos secretos.
Las dos terceras partes de los feligreses hacen filas para comulgar. Y el recinto está lleno. Una señora sin atuendos rituales aligera al párroco despachando hostias en fila paralela, con un copón en mano. Otra devota increpa a una pareja que con su cháchara le impide concentrarse a la hora de la elevación. La audiencia es seria, desmedidamente seria.
Al final, en el atrio, vienen los abrazos, algunas furtivas lágrimas. El difunto homenajeado estuvo casado con su única esposa durante sesenta años. Los colmó con precisión. El sexagésimo aniversario de bodas se cumplió el 8 de diciembre. Él murió el 9, luego de que sus hijos le advirtieron en su camilla de la unidad de cuidados intensivos que ya podía irse, que había completado el amor.
La viuda, que tal vez mide unos centímetros menos que siempre, murmura una consideración que la acerca a Einstein: “me parece que este año pasó rapidísimo. En cambio, la ausencia de él la siento como eterna”.
El reloj, en efecto, cada día corre a más velocidad. Las horas están devaluadas, no alcanzan para nada. Antiguamente los días venían con ñapa, hoy llegan recortados. En estos tiempos un parpadeo dura fracción de segundo, antes las pestañas bajaban y subían bailando bolero.
Ahora bien, hay sustancias que no se miden con reloj. Cuando el amor aparece, a los amados les sobreviene la noción de infinitud, se vuelven indestructibles. La muerte, desde su orilla, es un amor a la inversa. Confiere a los deudos una permanencia a prueba de días y de años. El pensamiento en el amado muerto inmortaliza tanto a este como a quienes lo amaron, así estos no hayan descubierto con García Márquez que “el amor es más fuerte que la muerte”.