Barras bravas
Tengo por costumbre desconfiar de un hombre al que no le guste el fútbol. Vaya por delante que soy plenamente consciente de que no hay prueba empírica alguna que sustente esta sandez, pero igual que toco madera en cuanto me mientan a la bicha o se me cruza un gato negro doy por buena esta otra superchería sin fundamento. Y es que soy un futbolero extremo. Desde que mi padre me inoculara ese veneno dominical siendo yo un crío de poco más de un metro y flequillo pelón, los días de precepto balompédico pasaron a ser una suerte de Disneylandia que se repetía al menos dos veces al mes. Una liturgia que se alimentaba durante toda la semana en tertulias donde los diarios deportivos eran la biblia y el balón un dogma de fe incontestable. Un rito que estallaba en procesión hacia el Santiago Bernabéu, templo madridista, unas horas antes del comienzo de la ceremonia para exacerbar así la comunión con el resto de la parroquia merengue. Desde 1981 tengo mi asiento en este estadio inmenso en plena Castellana, hoy junto a mis viejos camaradas de cancha, a los que solo veo ya en estas lides si es que este oficio periodístico mío me lo permite.
Hay quien no entiende la pasión que despierta este deporte entre las masas, en las que lo mismo caben ricos que pobres y en donde cualquier diferencia ideológica queda aparcada siempre que se comparta zamarra. Tal es así, que siendo yo un chaval de pelo en pecho en el mítico Fondo Sur del Bernabéu he visto punkies abrazados a niños de colegio de curas y jersey al hombro, y a skinheads saltando y cantando junto a heavies de muñequera de pinchos y camiseta de Metallica.
En aquellos años, en Europa reinaba el fútbol inglés y los hooligans dilapidaban el botín que sus clubes ganaban en las canchas. La violencia que incendiaba las calles de Inglaterra, deprimida económicamente y en plena ola de recortes “thatcheristas”, se extendió a los estadios británicos y muy especialmente a los clubes de las ciudades más industriales. La tragedia de Heysel en 1985 marcó un antes y un después. Ese día, medio mundo pudo ver en directo cómo morían 39 aficionados de la Juventus por las avalanchas que generaban las cargas de los hooligans del Liverpool.
Sin embargo, no fue hasta la tragedia de Hillsborough, en la que murieron 89 personas aplastadas de nuevo contra las vallas por el exceso de aforo en la grada de los hinchas del Liverpool, cuando se cortó de raíz la permisividad de la que habían gozado los vándalos. Con el arranque de siglo, los clubes españoles retiraron gradualmente el apoyo que brindaban a los grupos ultra, los Ultras Sur del Madrid y los Boixos Nois del Barça fueron expulsados de unos estadios a los que ya nadie llevaba a niños, y más tarde en Italia se puso cerco, en menor medida, a los hinchas más radicales, que se habían adueñado de unos estadios semivacíos.
Ahora, el derby argentino por excelencia, que enfrentaba por primera vez a River contra Boca en la final de la Libertadores, se ha suspendido ante la incapacidad de las fuerzas del orden para controlar a las barras bravas y a quienes pretendían colarse en el Monumental.
La violencia desatada en las canchas argentinas no es más que un reflejo de la que, como en la Inglaterra de los 80, se vive en las calles día a día ante la pasividad de las autoridades. Solo así se entiende que miles de aficionados se colaran en el estadio sin que nadie se los impidiese, poniendo en riesgo sus vidas y la del resto de hinchas. Pero aunque las imágenes que deja este acontecimiento resultan sonrojantes, nada tienen que ver con el fútbol y sí con sociedades demasiado permisivas en donde los malandros campan a sus anchas. Mano dura, también en el fútbol, para que todos podamos disfrutar de esta esférica obsesión.