Columnistas

Bienvenidos a la Edad Media

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19 de febrero de 2015

Cada vez que me preguntan si creo en Dios respondo con toda seguridad: por supuesto, creo en él tanto como creo en Tom Sawyer, en Oliver Twist, en Remedios la Bella y en muchos otros personajes inolvidables que he conocido en los libros. Al igual que Borges, pienso que la Biblia, sin lugar a dudas, es uno de los libros más fantásticos que se ha escrito; por eso no me tomo la Biblia tan en serio, por eso la leo como una aventura más, como un montón de relatos épicos, de amor o de aventura donde pasan cualquier cantidad de cosas maravillosas que otros han tratado de imitar con mayor o menor éxito en la literatura.

Este libro, a pesar de ser sagrado para los creyentes, para mí es un libro más en mi biblioteca, no está en un atril como en muchas casas, empolvándose en una página eterna que de no pasarse se volvió amarilla. Mi Biblia está en el mismo altar donde reposan Balzac o Flaubert, Voltaire o Montaigne, Unamuno o Papini y otro montón de escritores que considero tan buenos como cualesquiera de los evangelistas o como aquellos que escribieron el libro de Job o el “Cantar de los cantares”.

Por eso quedé aterrado cuando leí en el documento que la Universidad de la Sabana (Opus Dei) le envió a la Corte Constitucional lo siguiente: “Las personas homosexuales y lesbianas merecen nuestro respeto como personas, pero hay que señalar que su comportamiento se aparta del común, lo que constituye de alguna manera una enfermedad”. Me pareció absurdo volver sobre esta discusión que parece medieval y más cuando ser homosexual no es una “ideología”, no es una opción, no es una moda, no es una depravación moral ni mucho menos una enfermedad como, evidentemente, todavía algunos creen a pesar de que hace más de 30 años dicho estigma fue eliminado por la Organización Mundial de la Salud y por la Asociación Americana de Psiquiatría en su Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM- IV).

Pero más aterrado quedé cuando leí que el columnista Yohir Akerman salió de las páginas de opinión de EL COLOMBIANO porque jugó con la misma moneda que jugaron los “doctores” De la Sabana para hacerles ver lo ridícula que era tal postura, él, sencillamente, recordó situaciones aberrantes que trae la Biblia de donde, al parecer, algunos retrógrados sacan sus opiniones.

No puedo creer que Yohir haya salido de EL COLOMBIANO por esto, me siento como en la Edad Media donde las opiniones religiosas podían costar la vida. No renunciaré a EL COLOMBIANO, como me lo han sugerido algunos, porque además de solidarizarme con Yohir, pienso que la libertad de expresión tiene que defenderse con palabras y si me callo estaría autocensurándome. Siempre diré lo que pienso en estas páginas hasta que me lo permitan, hasta que me sienta bien conmigo mismo.