BOTOX PARA EL ALMA
Hace poco, ante la imposibilidad de cumplir un compromiso a la hora acordada, le pedí a quien me esperaba que me diera un poco más de tiempo. La situación ameritaba comprensión, pero su respuesta fue mucho más allá de ese lindero: “Yo ya tengo la paciencia del que se sienta a ver crecer la hierba, así que no hay afán”. La recibí como recibe la bocanada de aire el ahogado, aliviada y agradecida. Y con una envidia indecible, además.
En estos tiempos de despertarse, bostezar, espabilar y acabarse el día, la capacidad de poner pausa sin alterarse es escasa.
La virtud de saber esperar cuando se desea algo con todas las fuerzas tiende a veces a confundirse con indiferencia o con tolerancia contraproducente, pero no necesariamente es así. La paciencia permite superar el inmediatismo, bajarle el tono al egoísmo y moderar la petulancia, actitudes viciosas que nos llevan a desear que todo pase cuando y como nosotros queremos, por lo general aquí y ahora.
Dejar que los acontecimientos trasciendan por sí mismos es tierra abonada para la paz interior, un activo espiritual muy frágil que en lugar de multiplicarse se pierde fácilmente.
A lo largo de su corta vida fue mucha la paciencia que El Chavo del Ocho reclamó para sí en su vecindad, en especial de “Ron Damón”, doña Florinda y el profesor Jirafales, que poco aguantaban su torpeza y su necedad de niño travieso. “Es que no me tienen paciencia”, una de sus frases de combate, es un legado del que todos nos hemos apropiado: pedimos mucho, pero no damos en igual medida.
No esperamos a que el otro exponga sus ideas cuando ya estamos descalificando, negando o contradiciendo, a veces sin razón. Preferimos viajar encima del morral del que va en la puerta a esperar el próximo tren que llega en tres minutos. La cita médica en la EPS para mañana es imposible, de modo que colapsamos las salas de urgencias y nos impacientamos porque nuestra dolencia, a los ojos del evaluador, puede esperar un poco más que la del que llegó bañado en sangre. El peatón, que tiene que ser la prioridad, puede que salve su vida de nuestra impaciencia al volante, pero la honra de su mamá siempre queda hecha trizas debajo de la llanta, sin escapatoria. La madre que zarandea al pequeño que no camina a su propio ritmo, el que reniega en la fila o el que vocifera porque su plato de sopa está muy caliente.
Somos de resultados inmediatos, nada es un proceso aunque todo se diseñe para que lo sea, ni en la casa ni en las empresas. Nos falta mucho para aprender a vivir con calma y para entender que “ya” no siempre es el momento adecuado.
Hay una publicidad interesante en radio y me perdonan la cuña: “el que ahorra con paciencia y gasta con parsimonia es gente de Confiar”, pero nosotros hacemos todo lo contrario, en especial por estos días de diciembre, que no de Navidad: Gastamos con prisa lo que en todo el año no ahorramos despacio.
Sentarnos a ver crecer la hierba, responder con serenidad las preguntas de un anciano repetidas cien veces, desatar un nudo apretado, leer en voz alta por horas para quien no puede hacerlo o aceptar nuestras arrugas sin quebrar el espejo, son actos de paciencia que nos inyectan botox en el alma, sin efectos adversos ni contraindicaciones.