Columnistas

BRUJERÍA EN LA CAMPAÑA

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01 de noviembre de 2016

La idea ha estado rondando por un tiempo, al menos desde los clamores del verano para archivar o abandonar a la candidata demócrata a la presidencia. Anteriormente, Ben Carson ayudó a ligarla a Lucifer. Después del primer debate, Rush Limbaugh lo hizo oficial: en un doble ataque declaró que Hillary Clinton da la impresión de ser “exactamente como muchas personas la ven - una bruja con P mayúscula”.

Un editor conservador recientemente le rogó a sus lectores que no elijan a Clinton; si ella consigue llegar a la Casa Blanca, su salud deteriorará. Ella molestaría su estómago. Ella acortaría su vida. Sonaba impregnado en textos de brujería. Esos son síntomas clásicos del hechizo, en el mundo pre-Ilustración.

Mientras sacudimos el polvo de los palos de escoba y los sombreros puntiagudos, parece justo preguntar qué exactamente queremos decir con bruja por estos días.

En algunos respectos la bruja del siglo XXI, alguien que lo es porque otros insisten que lo es, no porque ella misma se identifica como una sacerdotisa wicca, se parece a sus ancestros americanos. Un oficial de policía de Maine con una camiseta que dice “Hillary para la cárcel” definió sucintamente el término en un rally en septiembre: “Una vieja arrugada y enojada que simplemente quiere poder, que solo quiere llenar sus propios bolsillos.

Cuando la brujería llegó a estas costas, cuando los neo ingleses ahorcaban a las brujas, trabajaban en parte con base en ese estereotipo. Las brujas podían hechizar lazos, causar que rejas desaparecieran, hacer que los estómagos se retorcieran con solo una mirada, transformarse en bolas de fuego, perturbar los sueños de sus vecinos. También podían parecer estridentes, vindicativas o calculadoras, tres adjetivos que utilizó el editor conservador la semana pasada cuando le imploró a sus lectores que no le impusieran “cuatro años de esta bruja como presidenta”.

Halloween ofrece el pan del día a la bruja moderna; lo que la sostiene son nuestros miedos. Tenemos muchas más herramientas que el aldeano del siglo XVII para encontrar sentido a nuestro mundo, entre ellas la química, física, biología y conciencias culpables. Pero la desfortuna nos sigue perplejando y provocando. Nuestros estómagos aún se retuercen. Cualquier número de cosas nos molestan en la noche.

Las brujas permanecen activas en la medida en que nos sentimos impotentes. Ofrecen el bendito alivio de asignar culpa, esa intoxicadora infusión de vindicación y humillación. Nos podremos considerar más ilustrados que los aldeanos peruanos que el mes pasado quemaron viva a una mujer. Pero aún tenemos otros cuantos nombres para la manera en que inquieta la voz de una mujer, para el nauseabundo sentido de que el mundo debe estar patas arriba si ella lo está dirigiendo. El contendiente republicano de Nancy Pelosi la retrató como la bruja malvada del oeste en un aviso en el 2010. (la derritió en el comercial de televisión pero no en las elecciones). Además una mujer mayor sabe cosas que una mujer menor no sabe; ella puede decir cosas que una mujer menor dice con dificultad. Como no.

En el centro del asunto está una paradoja. Por siglos se asumió que las mujeres eran más susceptibles a los avances del diablo por su fragilidad inherente. Al mismo tiempo ejercen poder antinatural en dos frentes. La bruja ha retirado su afiliación religiosa. Pero como su diccionario le dirá, ella sobrevive como un híbrido de dos criaturas perturbadoras: la vieja de voz fuerte, y la arpía seductora.

La idea puede haber evolucionado; la antipatía permanece. Y aunque la pieza religiosa se ha eliminado, la conversación demoníaca ha regresado. El comentarista de la derecha alternativa, Alex Jones, ha llamado a Clinton un “demonio abyecto, psicópata del Infierno que destruirá el planeta tan pronto consiga el poder.” Al hacerlo reveló algo más sobre la brujería: las brujas tienden a ser personas que no eran de nuestro gusto desde el principio. Son sospechosas desde antes de sus crímenes.

Al menos algunos podemos tener consuelo en el hecho de que hemos pacificado muchos de nuestros temores.

Prepárese para una tormenta de hechizos cuando una mujer se pose sobre la Avenida Pennsylvania.