“Caballitos de acero”
Por Norvey Echeverry Orozco
Universidad de Antioquia
Facultad de Com. Social, 5° semestre norvey.echeverry@udea.edu.co
Desde siempre he vivido en un municipio al que quiero tanto como a mi vieja: La Ceja del Tambo. Tiene las calles bien trazadas, y unas mujeres que son igual de bellas a las flores. Busque en el mapa de Antioquia, ¿ya lo vio? Está ahí después de pasar sobre Envigado y El Retiro.
Un comunicado de prensa reciente de la alcaldía, dice que este municipio tiene más de treinta mil bicicletas, de las cuales, cada día, ruedan quince mil. Esto lo posiciona como el pueblo más bicicletero de Colombia. ¡Qué bacano saber que estamos ahorrando partículas cancerígenas!
Los ‘caballitos de acero’ –como son conocidos– nacieron con mi abuela, mis tíos, mis primos y conmigo. Decía mi abuela, que muchos de los que se iban a casar en otro tiempo, iban hasta la iglesia del parque en bicicleta ¡Qué chévere!... El papá llevando a la hija hasta la puerta del atrio en una paletera. ¿Quién no ha sentido emoción cuando Rigoberto Urán, Fernando Gaviria o Nairo Quintana, han ganado una etapa en una competencia importante? ¡La bicicleta es felicidad!
De niño me raspé, me di duro, pa’ qué les voy a decir que no si me caí muchas veces. Es más, una vez, cuando tenía siete años, con el manubrio, me partí el meñique de la mano derecha en dos partes.
Cuando se aprende a quererlas –a pesar de las caídas– y a tenerlas a toda hora –sin importar la lluvia o el sol–, uno ama las bicicletas. Son un medio de transporte económico, rápido y saludable. ¿Quién no ha sentido en una bicicleta la libertad de las aves? Vaya, dese una vuelta, pedalee, sude, ríase, cáigase y disfrútese la vida.
Compare los pedalazos con los problemas que quedan en el pasado. Las tristezas también se olvidan con la bicicleta: así conocés otros pueblos y a otra gente. Hay rosadas, verdes, amarillas, azules... De todos los colores. Con canasta, con parrilla, con manubrio de automóvil. ¿Cuál te gusta más?, se la engallo como usted me diga. En ellas se puede vender mazamorra, café, almojábanas, buñuelos y pandequesos.
Se reducen las emisiones de dióxido de carbono y también los kilos de más. Se conoce a gente nueva, hasta el amor de la vida; vaya uno a saber. De algo estoy seguro: dentro de cuatro latas, todos los días, la vida se vuelve rutina, y la rutina aburre, enferma. ¡Sé feliz, montá en una bicicleta! .
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