Castellanos, o la alegría de escribir
Ya no escribe una línea, no tiene computador ni máquina de escribir ni celular, nada. A los 87 años que cumplió el 6 de noviembre, Gonzalo Castellanos sigue siendo el cronista total. Ejerce como tal ante quien desee escuchar su prosa de encantador de serpientes.
“Irse del periodismo es como irse de uno mismo”, me dijo una tarde de bohemia con empanadas este santandereano de Málaga que habla hasta con la silla turca.
“Fui un peón de brega, un reportero a sueldo. Me le entregué desnudo al periodismo”, proclama. Lejos del protagonismo, anacoreta urbano, lee y tararea a Beethoven, Bach, Mozart, Haendel, Albéniz.
Una de sus mejores crónicas la escribió en Medellín adonde vino enviado por El Tiempo para que despidiera al corresponsal Jaime González. “No puedo echar a una persona de las calidades y el profesionalismo de Jaime”, le notificó a su jefe Enrique Santos.
La célebre crónica narraba la historia de un imponente pájaro llanero, traído por ganaderos que venían a una feria. El Casanova alado terminó en el aviario de un franciscano del municipio de La Estrella.
Desde su llegada, las pájaras pintas solo tenían ojos para el intruso que les mejoró el currículo sexual. Una mañana amaneció muerto. Según Castellanos, fue dado de baja por algún celoso Beethoven con alas. Sus inconsolables viudas decretaron huelga de hambre.
Solo a un reportero como Castellanos se le ocurre narrar su propia muerte. Lo hizo la tarde que viajaba en un avión de la FAC que fue ametrallado desde tierra a poco de aterrizar en el aeropuerto de Managua.
Nunca se supo si las balas eran calibre sandinista o somocista. Nadie a bordo daba un centavo por la vida. Mientras los demás periodistas encomendábamos nuestros huesos al que fabrica estrellas, Castellanos y su camarógrafo, Dagoberto Moreno, activaron la cámara e iniciaron una transmisión para nadie, para el olvido. Terminó siendo noticia-documento en el noticiero TV Mundo que dirigía Manuel Prado.
Juan José Hoyos lo incluyó entre los mejores cronistas en su libro “La pasión de escribir” (Universidad de Antioquia). “Me parece importante como cronista porque siempre fue un reportero de la calle, siempre buscó a la gente. Pocos reporteros conocen el alma de los colombianos de manera tan honda”, me dijo Hoyos.
“Amo a los paisas; me ayudaron mucho las veces que vine; es fácil ser periodista en Medellín”, comenta el hombre que le puso voluptuosidad, desmesura, al oficio. El 11 de noviembre celebró el día de los linotipistas, su primer destino en El Siglo, hace 70 años.
Como la vanidad no es su fuerte, ha sido reacio a volver libro sus crónicas en Cromos, Vea, Hit, Antena, El Tiempo, El Espectador: “Sacan 200 libros, le dan 60 al autor y ahí está el lío para encontrar a quién regalárselos”. Debería cobrar la entrada para oírlo hablar.