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Celebración de los 80 años de la upb

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18 de septiembre de 2016

Homilía en la Eucaristía con motivo de los 80 años de la UPB

Mi saludo cordial para Mons. Gonzalo Restrepo y los demás Señores Obispos presentes, vinculados por diversos títulos a la Universidad Pontificia Bolivariana. Saludo a los delegados de la Gobernación de Antioquia y de la Alcaldía de Medellín, a las demás autoridades civiles, militares y de policía. Saludo con afecto a cuantos integran la familia universitaria y han hecho posible estos 80 años de historia: los miembros del Consejo Directivo, el Rector General, Padre Julio Jairo Ceballos, el Vicerrector General, Dr. Luis Eduardo Gómez, la Junta Orientadora, los Rectores de las Seccionales, los decanos, los profesores, el personal administrativo, los estudiantes y los egresados.

Dirijo mi saludo a los sacerdotes presentes, a los representantes de la empresa, la academia, la cultura y el servicio social que nos acompañan. Que llegue mi saludo a todas las personas que hoy, a través de diversos medios, están con nosotros y nos demuestran, una vez más, su cercanía y su bondad. A todos expreso el afecto y el agradecimiento de la Arquidiócesis de Medellín y de la Universidad Pontificia Bolivariana por su amistad y su generosa cooperación. Es una verdadera fiesta poder reunirnos en torno al altar, para dar gracias a Dios por la obra que ha realizado a lo largo de estos 80 años.

Dar gracias es contemplar con gozoso reconocimiento la manera como Dios, a través de tantas personas, ha ido realizando la misión cumplida por nuestra Universidad. Quisiera recordar, en primer lugar, a Mons. Tiberio Salazar Herrera, el arzobispo fundador, a los demás arzobispos, a los rectores y a cuantos han llevado con responsabilidad y creatividad las fatigas y las esperanzas de estas ocho décadas; todos merecen nuestra admiración y gratitud.

La liturgia de hoy hace memoria de la Santísima Virgen María íntimamente vinculada a la obra redentora de Nuestro Señor Jesucristo. La Carta a los Hebreos nos ha presentado, en una síntesis admirable, la entrega de Cristo al Padre en la confianza y la obediencia y cómo se ha convertido así en autor de salvación eterna. El Evangelio nos ha mostrado a María junto a él, siempre fiel y llena de amor, cooperando de manera singular en esta obra que culminó en la gloria de la cruz y la resurrección.

Extrañamente, el Evangelio no nos presenta a María cuando las gentes elogiaban y seguían a Jesús, admiradas por sus palabras y sus milagros, pero nos la hace ver junto al Hijo agonizante, cuando comparte su sufrimiento y recibe el encargo de una maternidad espiritual. Pablo VI recuerda que la memoria de la Virgen Dolorosa es una ocasión propicia para vivir un momento decisivo de la historia de la salvación y para venerar, junto con el Hijo exaltado en la Cruz, a la madre que comparte su amor y su dolor (cf MC, 7). Desde entonces, María, modelo de fidelidad, nos precede en el camino de la fe y del seguimiento de Cristo.

En este contexto pascual y de seguimiento de Cristo nace, el 15 de septiembre de 1936, la Universidad Pontificia Bolivariana. Nace en el corazón de la Iglesia para servir al proyecto de salvación que Dios tiene en marcha en la historia, con la misión específica de “garantizar de forma institucional una presencia cristiana en el mundo universitario frente a los grandes problemas de la sociedad y de la cultura” (EE, 12). El criterio supremo, a cuya luz la universidad católica tiene que medir cada una de sus opciones, sigue siendo Cristo. Él es la verdad plena sobre el hombre, el maestro interior, el hermano universal en quien la humanidad encuentra el sentido de la vida y la esperanza del futuro.

Este carácter católico, mejor dicho, cristocéntrico, no instrumentaliza la universidad ni mortifica su legítima autonomía como lugar de formación moral y de libre investigación; al contrario, la reconoce y la confirma, ayudándole a realizarse según su verdadera naturaleza. Cuando la Iglesia evangeliza y logra la transformación de la persona humana, ofrece la más cualificada educación, pues la vida nueva del Evangelio lejos de deshumanizar a la persona la perfecciona y ennoblece, la lleva a desarrollar plenamente su pensamiento y su libertad, la pone en comunión con todo el orden real para que fructifique en la sociedad y construya la historia (Cf DP 3632-3633).

De esta forma, ser universidad católica es un reto que trasciende la educación promovida desde los sistemas educativos; implica ser el epicentro formativo de nuevas concepciones y nuevas posibilidades para el cambio interior y exterior. Por tanto, la reorganización del sistema universitario, la oferta didáctica, la investigación, la proyección social, la apertura internacional, deben ser pensadas y renovadas permanentemente, sin caer en el error frecuente de creer que la innovación en la universidad significa contraponer la universidad tradicional a una universidad flotante en el aire de las nuevas tecnologías, más allá del tiempo y del espacio.

Es verdad que los grandes cambios culturales que vivimos y el imparable desarrollo tecnológico evidencian que la universidad tradicional no satisface las necesidades de una sociedad globalizada e interconectada. Internet, con sus luces y sombras, es el espacio público más grande que nunca antes hayamos tenido; se está realizando un cambio generacional sin precedentes; los nativos digitales ponen en discusión el actual modelo de universidad. La transformación de la universidad no es una opción sino una necesidad inaplazable. Pero la nueva universidad que debe surgir no puede estar anclada en el vacío, sino que debe crecer fecundando los nuevos modelos de vida y las nuevas redes de comunicación con la sabiduría y la experiencia que ha conquistado en su camino.

Esto implica la revisión de toda la estructura organizacional, la cualificación permanente de los docentes y el personal administrativo, la superación del procedimiento mecánico de aprendizaje, una mayor participación en la sociedad a nivel regional y nacional, la consolidación de una verdadera empresa que al tener excedentes pueda invertir en grandes proyectos. Sobre todo, superar las incertidumbres de la universidad que son fundamentalmente de carácter cultural y espiritual; no pasamos tanto por una crisis de medios, cuanto de identidad, de valores y de fines.

La universidad tiene que ser “unidad viviente” de organismos que tienden a la búsqueda de la verdad y el bien para todos. Más que del aire puro tenemos necesidad de la verdad: de la verdad no manipulada, no contaminada, no instrumentalizada. Y es la pasión por la verdad la que lleva a la pasión por el auténtico bien de la humanidad. La Universidad Pontificia Bolivariana debe estar al servicio de la Iglesia que vive para la alegría de evangelizar; debe cooperar con el país en el esfuerzo común por construir una sociedad nueva, libre, responsable, consciente del propio patrimonio, justa, fraterna, siempre participativa y democrática, donde la persona humana, integralmente considerada, sea la medida de todas sus decisiones y de las propuestas de progreso.

Le pido a Dios que suscite pensadores audaces, líderes decididos, católicos apóstoles en nuestra Universidad, para que a partir del patrimonio logrado en estos ochenta años lleguemos a crear el nuevo modelo de universidad que necesita nuestra sociedad en el futuro. El futuro no es un regalo que nos dan, sino una conquista que exige la inteligencia y el sacrificio de cada generación para responder al avance que va haciendo la humanidad en su camino. En este sentido, la universidad católica tiene un papel protagónico, porque la tecnología no tiene contenidos; en último término no basta innovar en los medios, sino lograr que nosotros mismos seamos nuevos. Como decía San Juan Pablo II, “no se puede pensar sólo con un fragmento de la verdad, es preciso pensar con toda la verdad” (Opere, Milano 2001, p.713).

Que la Santísima Virgen, testigo excepcional del amor de Dios que nos entregó a su Hijo hasta la inmolación en la cruz, siga protegiendo la Universidad Pontificia Bolivariana, como lo ha hecho desde su inicio, en este tiempo difícil y apasionante en el que nos deben guiar la sabiduría, la fortaleza y la esperanza.

*Arzobispo de Medellín.