¡Chapulín, dimisión!
“Que no panda el cúnico”, clamaba ayer el prócer embutido en un disfraz del Chavo del Ocho. Emulando al genial actor mexicano Roberto Gómez Bolaños, “Chespirito” para más señas, prosiguió con su discurso tras conocer que, por un puñado de votos, eso sí, la mayoría de colombianos decidieron invalidar los tratos del Gobierno con la narcoguerrilla de las Farc: “Se me chispoteó. Fue sin querer queriendo”, añadió y se fue por donde vino con el rabo entre las piernas y sin mencionar en ningún momento la posibilidad de renunciar al cargo. A pesar de que hace unos días el jefe negociador de Juan Manuel Santos en La Habana, mi tocayo Humberto De la Calle, reconocía en una entrevista a BBC Mundo que el triunfo del “No” supondría enterrar los acuerdos –”Si en el plebiscito gana el No, se acabó el proceso de paz”–, el presidente no pareció darse ayer por aludido. De hecho, insistió en su error: obligar a doblegarse a más de media nación sin ni siquiera pedirlo por favor. La monserga de que dar la espalda a las componendas firmadas con el aval de Raúl Castro implicaba otros 30 años de guerra no ha terminado de creérsela nadie, quizá porque nadie se fía demasiado de los firmantes del documento.
He escrito en estas páginas en varias ocasiones –la última el pasado 9 de agosto en una columna titulada “¿Y si gana el No?”– sobre las consecuencias de una derrota de Santos en las urnas así como sobre la situación de la narcoguerrilla. Estoy convencido de que nada ocurrirá porque las Farc están acabadas o jamás se habrían sentado a negociar nada. Por supuesto, tienen el lucrativo negocio del narcotráfico, la minería ilegal, ingentes tierras robadas a los campesinos y la capacidad para seguir haciendo daño. Cualquier idiota, no hay más que ver los últimos atentados, puede matar. Poner una bomba, atropellar a un gentío con un camión, descargar varios kalashnikov en una discoteca o estampar una avioneta cargada de explosivos contra una torre es lo más fácil del mundo si se está lo suficientemente perturbado. No tiene ningún misterio ni necesita de años de preparación universitaria. Sin embargo, los pistoleros marxistas han perdido la batalla intelectual. Nadie en su sano juicio se traga ya que con su “sistema” todo sería mejor. Y es que los experimentos no han salido demasiado bien. Allí donde han sido tan osados como para implementar el modelo al que aspiran las Farc, andan empobrecidos y sin futuro. Colombia no es ya ese país de caciques y terratenientes donde cuatro mandaban y el resto obedecía. Es una nación próspera y democrática, con desigualdades aún, pero con los mejores mimbres de su historia para vencerlas sin derramar una sola gota más de sangre. Por eso, a los jóvenes de hoy les dan igual las Farc. Quieren prosperar con el sudor de su frente y disfrutar de la vida, no andar pegando tiros por las selvas como monos encelados. Así que nadie se rasgue las vestiduras y clame al cielo invocando una repetición del plebiscito fallido: los colombianos no se han vuelto majaras. Quizá sea incluso al contrario. Quizá la mayoría de colombianos logre traer de vuelta a la realidad a quienes se habían creído por encima del bien y del mal. Pero aunque “no panda el cúnico” alguien debería pagar los gastos. Los del referéndum fallido, los larguísimos debates en La Habana y los fastos de Cartagena. Las dietas y cargos varios. Y, desde luego, alguien debería pagar con su cargo por el estrepitoso fracaso de su principal proyecto político. El último en asumir su responsabilidad por algo similar (el “Brexit”) fue el anterior primer ministro británico, David Cameron, que apenas tardó unas horas en anunciar su dimisión. Y es que los referéndum se hacen para ganarlos o no se hacen. Por mucho que se vista uno de Chapulín Colorado (ver la corbata de anoche) al grito de “¡Síganme los buenos!”.