Chucho Abad y la impotente mayoría
Hay víctimas de víctimas. Hay victimarios de victimarios. En la guerra, como en las demás habitaciones de la realidad, existen clases sociales. Eso lo saben los que acumulan las formas del poder. De ahí que utilicen en su favor a las víctimas convenientes y silencien a las demás, que son la impotente mayoría.
En las últimas semanas, a raíz de comparecencias ante la JEP, volvieron a retumbar en micrófonos y cámaras las víctimas que más han tenido micrófonos y cámaras. En tono de alarma, la prensa de toda la vida les pide revivir las alambradas, la rabia en el corazón, los años perdidos en la selva. Son políticos, militares, ofendidos por el execrable secuestro.
Aquí alumbra la virtud del fotógrafo antioqueño Jesús Abad Colorado. Enfoca su cámara sobre víctimas que solo son una estadística. Se interna en el agro fértil donde pelechó la guerra. Viaja en caballo, chalupa, a pie, por parajes donde solo lo protege un sombrero, una cachucha, una sonrisa.
En coincidencia con las declaraciones mil veces repetidas de los secuestrados demasiado conocidos, muestra ahora dos manifiestos sobre los innombrados: El documental “El testigo. Caín y Abel” y la exposición de medio millar de fotografías en el claustro bogotano de San Agustín.
Chucho Abad busca a través de los años dónde están los protagonistas de sus fotos antiguas. Así, da existencia y nombre al niño que abotona la camisa del asesinado, a la niña que clava una cruz sobre la tierra de su madre asesinada, a la niña que recuerda a media familia asesinada y que no puede creer en la paz. Se hace amigo de ellos, les lleva de regalo las imágenes. Los entrega a la historia convertidos en personas.
De esta forma intenta llenar de vida a los centenares de miles de muertos N.N. Recuperar el recuerdo de las decenas de miles de desaparecidos. Rebrillar las botas de los miles de perforados por las balas. Levantar el perfume de la tierra de los millones y millones de desplazados.
Sus imágenes, ahora parlantes, apenas musitan porque “no hay palabras” para calificar tamaños trances. O se limitan a mirar hacia lo desconocido porque no logran encajar en este mundo que los ultrajó. O incluso le reclaman por haber obturado la cámara cuando ellos eran niños absortos.
Las víctimas consignadas por Abad Colorado pertenecen a la impotente mayoría de una guerra propiciada por imponentes minorías.