Columnistas

COLOMBIANADAS PARA EL ASOMBRO

Loading...
20 de noviembre de 2016

Obediente a mi vieja manía de leer el periódico de atrás para adelante, una de estas mañanas llegué pronto a la página de las caricaturas, donde leo a Mafalda con devoción y luego la sección “Un día como hoy”, con curiosidad por el pasado y para descubrir, algunas veces con desencanto, que en 25, 50 o 100 años, ciertas cosas no han cambiado en el país ni en el mundo.

“Recuperar el río Magdalena”. Decía el texto que hace 25 años el ministro de Obras de entonces, Juan Felipe Gaviria, negociaría un crédito con el Banco Mundial por 26,5 millones de dólares para recuperar el río Magdalena como vía de transporte para la apertura económica. Jajajá. Esto me dio más risa que las tiras cómicas.

Y a continuación, el recuadro de “Hace 100 años” originó otra mueca de incredulidad: “Pavorosas noticias sobre el invierno: En Cáceres el río Cauca arrastra casas, bestias y cerdos. Los moradores se suben a los árboles para salvarse. Se agotaron los artículos de primera necesidad y no es posible traerlos desde Valdivia”. Parece una noticia de ayer en un pueblo que puede llamarse El Bagre, Murindó o Vigía del Fuerte.

Y entonces recordé ciertos caballitos de batalla en cada período electoral: la carretera al Chocó, la carretera al Mar, la recuperación del ferrocarril, el puerto de Urabá, la navegación por el Cauca y el Atrato, los acueductos en todos los municipios y, más recientes, las autopistas de la Prosperidad, que en Antioquia todavía ni las olemos.

Desde cuando yo estaba chiquita, y perdonen lo añejo del dato, estoy oyendo hablar de la pavimentación de la carretera al Chocó. Pero desde entonces, y hasta hoy, sigue siendo conocida como “la trocha”. El último contrato para pavimentarla comenzó el 12 de agosto de 2012, con plazo de ejecución de 51 meses que ya se cumplieron, pero de pavimento nanay, nanay. Solo a pedacitos y por intervalos cortos. No está completa de Bolívar a La Mansa, ni de allí al Dieciocho, ni del Dieciocho a Quibdó. Y se acabó la plata, según informe reciente de este periódico.

Otro ejemplo patético es la carretera al Mar. Quien se precie de ser colombiano ha oído mil promesas, como mínimo, de terminar esta vía que se propuso por primera vez en 1833, se empezó a construir en 1926 y hoy, casi doscientos años después, aún no se ha terminado.

Que se podría navegar y pescar en el río Medellín, incluso hasta bañarse en él, dijeron no hace mucho. Y así, cada tanto nos pintan un álbum muy bonito... pero los caramelos para llenarlo no se consiguen ni a palos.

¿Por qué en Colombia no se hacen las cosas? ¿Por qué se empiezan pero no se terminan? ¿Por qué le ponemos palos a la rueda?

Mentalidad improvisadora, mediocre y resignada (“‘quelihace’ que roben, con tal de que hagan cosas”), poca voluntad política, ruptura de proyectos y cambio de prioridades en cada gobierno y claro, esa maldita corrupción que no nos deja pelechar.

Pocas esperanzas quedan en las obras físicas. Para las otras, esperar que después de tanto tiempo de sangre, desplazamiento, secuestros, narcotráfico y miseria, por fin vivamos la deslucida paz. No sea que en el futuro se reduzca a una colombianada más para el asombro junto al mal chiste de un premio Nobel de paz, sin paz.