COLORES PARA UN SUEÑO
Admito que soy negada para el fútbol. Nula. Pero no de nacimiento, no crean. Me volví así por culpa de un hermano mayor, más serio que un muerto, que me llevó por primera vez al estadio a regañadientes, creo que obligado por nuestra madre, para que yo conociera el Atanasio.
Mi alma hervía de expectativa, pero fuimos al peor partido. Ferrocarril Oeste, un equipo argentino venido a menos, vs el Deportivo Independiente Medellín de hace añales. Con otro agravante: Como mi hermano no era hincha de ninguno de los dos y el partido pasó sin pena, sin gloria y sin goles, no hubo nada que me hiciera vibrar aquella noche. Ni siquiera un intento de su parte por ayudarme a descubrir la alegría del juego, de hecho no me habló durante el rato que duró la triste experiencia. Solo hubo lugar para una aburrición más grande que el mismo campo de juego. Volví a la casa virgen de emociones y agonizando de hambre. No supe qué era la ola, ni una hinchada que alentara el equipo. Solo recuerdo haberme antojado de cuanto mecato ofrecían en la tribuna, que mi acompañante tampoco me compró. Sigo en proceso de perdonarle.
Volví a fútbol años después y muchas veces con el que sería mi último novio, hincha vehemente del Nacional, y confieso que logró contagiarme en ocasiones de su sobrecarga de adrenalina, pero una vez culminado el plan conquista la antipatía volvió a apoderarse de mí y renuncié irrevocablemente. Hoy, casada con él, sospecho que morirá de infarto uno de estos días por cuenta de una rabia o de una alegría, de suerte en la casa y no en un estadio, como murió el viejo Casale en el cuento 19 de diciembre de 1971, del negro Roberto Fontanarrosa: “¡Se murió saltando, feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegría de haberle roto el orto a la lepra por el resto de los siglos! ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo esa, hermano! Yo elijo esa”.
Y bueno, después volvió Colombia a un Mundial y el entusiasmo se instaló hasta en los no tan afiebrados, como yo. Sigo sin entenderlo todo, a veces no veo ni los goles por estar pendiente de otras cosas, no he hecho el curso de directora técnica y por eso me abstengo de hacer críticas o comentarios de ese nivel, pero sí valoro el poder de convocatoria de nuestra selección, que nos cambia el tema de conversación y nos pone a todos a tirar la cuerda para el mismo lado, en especial después de una larguísima campaña presidencial que se dio el lujo de romper afectos, separar amigos y dividir familias.
En estos días de camisetas amarillas reconforta ver en los bares, en las casas y en las vitrinas de los almacenes, grupos de personas que hacen fuerza por la misma causa, que sudan frío, que juegan pollas y apoyan el equipo. Lo que cuenta es la alegría, el entusiasmo, la fe. Más que el resultado final, aquí lo importante es “un sueño, tres colores y cincuenta millones de corazones” que no dejarán de alentar hasta el último segundo y que, incluso en la derrota, dirán juntos otra vez que “sí fue gol de Yepes”.