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Cómo te digo que la escuela no es una pérdida de tiempo

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23 de abril de 2018

Una de las cosas que más voy a extrañar cuando mis hijos crezcan es llevarlos en el carro escuchando sus declaraciones sobre la vida. Desde su frustración, su curiosidad, su agradecimiento, cuando expresan algo es con tal intensidad y contundencia, llenas de inocencia pero a la vez con esa sabiduría que sale de no pensar en filtros, no saber medir consecuencias. Vamos con las ventanas abiertas, no sólo porque aquí se puede, porque es un peligro medido, porque desafiamos un poco. El sol, la brisa, la ciudad, entran por la ventana y de pronto mi hija dice, no quiero ir más al colegio, no estoy aprendiendo absolutamente nada.

Sé que eso no es cierto. Después de todo, si eres madre en el siglo XXI ya debes saber que pareciera que ahora también nos regresaron a todas a la primaria. Yo crecí en una época en la que mi mamá de milagro me preguntaba si había hecho la tarea. Los montones de tarea que me ponían las monjas que me auguraban un destino terrible por mi falta de interés por una vida académica se resumía a repetir palabra por palabra lo que te dijera una maestra que sabía más porque sabía más, que tenía una primera y una última palabra y en la que hacer lo correcto, portarse bien, pertenecer, prometer, preparase, empezaba por guardar silencio y no cuestionar absolutamente nada.

Las cosas ahora son algo distintas. Ahora la tarea consiste en un hoja que dura toda una semana. Que se hace parte por parte, en bloques de minutos después de calcular el momento que mejor le va a su mente dispersa, heredada de la mía, que está más interesada en hacer experimentos y jugar sola que en cumplir con un compromiso que no entiende. Pero ya habrá tiempo para definir todas esas indefiniciones, ponerles nombre y decirle que está bien. Ahora tenemos que aprender primero a entrar en un carril, porque es bueno ser rebelde, pero ser demasiado rebelde también es una garantía de infelicidad a futuro. Es importante aprender a luchar, pero más importante aún es conseguir una causa. Y no siempre se consigue. Hay quien pasa por la vida como quien va río abajo. Sin encontrar la llave que enciende su propela.

Y es ahí donde está justamente el meollo del asunto de la escuela. Yo también estuve una vez sentada en un pupitre, mirando el reloj, saboreando la eternidad que aquel momento se definía como el espacio entre la manilla que marca la 1:45 de la tarde y la línea que definiría las 2:20. Mientras una señora gorda, que hablaba pésimo español trataba de explicar de forma ininteligible la ecuación cuadrática, y yo también me preguntaba para qué serviría eso algún día. Ni idea qué sería de mi vida. Mucho menos pensar que algún día estaría detrás de una laptop, tratando de ignorar el ruido de la televisión, reflexionando para mi columna sobre la necesidad de ir al colegio, sobre la importancia de temas que parecen abstractos, ajenos, obsoletos. Yo, que creo en la educación antes que nada, que amo aprender, pero que no sé bien cómo decirle a mi hija de una forma precisa, contundente, que no pierde el tiempo. Que nunca tendrá un mejor tiempo. Que a pesar de las dificultades, de las amistades perdidas, de los días de regaño, los pleitos, las dudas, los días en que se rieron de ella, que se le quedó la lonchera, se le olvidó la tarea, se perdió en una suma, se quedó sin recreo o se tuvo que quedar en casa un mes porque un terremoto comprometió su escuela, no habrá jamás un tiempo más feliz que este. Más productivo que este. Más valioso que este.

La escuela sirve porque es como ir a buscar la llave de la vida. No es lo que aprendes sobre la vida de terceros, sobre cómo está compuesto el mundo, sobre como los humanos estamos dañando la Tierra, o sobre como hay tantos felinos que se merecerían un planeta para ellos solos. Es lo que aprendes de ti mismo. Es como aprendes a pensar, a mirar, a esperar, a hablar de tus sentimientos, a callar tus miedos, a enfrentar a quien te adversa sin razón posible. Es como aprendes a pensar por ti mismo sin barreras.