Compañeros de un tobillo roto
Hace mes y medio me caí por las escaleras y me fracturé el tobillo izquierdo. Una placa y tres tornillos más tarde regrese a casa. Tenía el pie inmovilizado, muletas y una nueva rutina de vida. Los primeros días me deprimí. De pronto las cosas más comunes y corrientes eran tareas difíciles de lograr. Bañarme, subir las escaleras, caminar con cosas en las manos. Eso sumado al dolor, la incomodidad, el calor, la picazón, el miedo a caerme hacían de la experiencia algo desesperante.
Una de las cosas que más me costó aceptar fue que ahora necesitaba ayuda para todo. El no poder valerme por mí misma tan repentinamente es algo que a pesar de que llevo casi dos meses en esto me cuesta aceptar. Los familiares de alguien accidentado se preocupan y hacen lo mejor que pueden, pero cuando uno está impedido levemente por una circunstancia como esta, aunque uno sepa que no es permanente, lo más difícil de aceptar es la pérdida de tu independencia. Es una pérdida de poder.
En aras a mantener algo de esa independencia intenté salir y hacer algunas cosas de mi vida normal. Después de todo el médico había dicho que sí, que no tendría por qué estar metida en casa sin salir. Los médicos edulcoran todo para que la realidad se vaya mostrando como es. Andar por la vida con un pie inmovilizado no es una vida normal. Ir brincando de paso en paso con las muletas por la calle no es caminar, menos en una ciudad en la que las calles están rotas, hay desniveles, los elevadores están lejísimos unos de otros y mientras el pie malo está colgando a salvo el resto del cuerpo tiene que compensar para poder moverse. Las salidas me dejaron agotada y desmoralizada. Y entendí entonces que esto sería un período de semanas de reposo casi absoluto.
Entonces me tocó aplicar la Frida Kahlo, “Pies para qué los quiero si tengo alas para volar”. Empecé a desplazarme a través de libros. Fui a la Francia de Raydmond Radiguet en su novela El diablo en el cuerpo. Allí encontré a una mujer casada con un soldado que luchaba en la Primera Guerra. Mientras él estaba en el frente ella se debatía bajo el dilema de haberse enamorado de un adolescente. Una de la novelas más bellas y desgarradoras que he leído. Después fui a la Rusia Zarista con Simon Seabag Montefiore, quien ha hecho un estudio extenso de los archivos históricos de Rusia, abiertos recientemente y que nos presenta la historia de una dinastía cuyo auge y caída cambiaron el mundo.
Me perdí casis tres semanas en su fascinante historia de invasiones, y luchas de poder. Espadas, guerras, traiciones, amantes, todo lo que tiene lo mejor de la ficción con la diferencia de que esto realmente sucedió. Pedro el Grande, las zarinas incluida Catalina La Grande. Y los zares que no pudieron frenar la llegada de la revolución comunista que acabó con Rusia, y cambió el mundo. En ese viaje no solo aprendí historia, sino que entendí mejor el mundo en el que vivo, la política, lo que sucede en mi propio país asediado por un totalitarismo comunista, pero sobre todo el drama humano.
Luego di un salto y leí una de las historias de amor más bellas de la literatura Cyrano de Bergerac de Edmond Rostand. Me acompañó el genial Cyrano, enamorado de Roxanna, quien a su vez ama a un hombre bello pero es acosada por otro que es rico. Rostand teje una historia de amor triste y desgarrado, de entrega total, pero también de la guerra que libramos contra nosotros mismos, nuestras pasiones y miedos.
Después de leer Cyrano leí un libro sobre Populismo del profesor de Princeton Jan Werner Müller que describe este fenómeno político, cómo funciona y qué características tiene, una guía breve pero precisa que ayuda a definir conceptos clave sobre política y a entender mejor qué pasa en nuestros países.
En estas circunstancias volví a aprender cuanto más profundo e importante son los libros para mí como refugio, como algo que trae no solo conocimiento sino sosiego. Este trance pasará, pero sin duda el haberlo pasado leyendo hizo más ligero el camino. La historia de mi tobillo roto no es nada más una de días lentos y difíciles, es también de sueños.