COMPRAR, BOTAR, VOLVER A COMPRAR...
A todos nos ha pasado la siguiente situación o parecida: Usted, o la persona encargada de hacerlo, pone a llenar la lavadora, le agrega el jabón, luego la carga de ropa sucia y se va a hacer otros menesteres. Una hora después, más o menos, vuelve a la lavadora para sacar la ropa y ¡sorpresa! La ropa está como usted la dejó hace un rato.
Toma la perilla de manejo. Apaga la lavadora. La vuelve a prender. Nada. Revisa que haya energía. Sí. Mueve la perilla a otro ciclo. Nada. La pone a escurrir. Nada. Repite todos los pasos anteriores. Intenta zarandearla, por si algo estuviera flojo y pudiera reacomodarse con el movimiento. Nada. Busca el botón de “deshacer”. Recuerda que esta opción no es posible en esta máquina. Dos horas más tarde usted acepta que la lavadora se murió y decide llamar al técnico de confianza, que le promete ir pasado mañana. Ocho días y una montaña gigante de ropa sucia después, llega el susodicho y dice: “estas lavadoras viejas son muy buenas, pero cuando dicen a joder...”.
“¿Vieja? Pero si la compré hace apenas cuatro años”, piensa usted. Y entonces a su mente acuden dos palabras que cobran todo su sentido: Obsolescencia programada. O sea, el fin de la vida útil de un producto, fríamente calculado por el fabricante durante el diseño, para que haya que comprar uno nuevo más rápido de lo previsto, porque incluso los repuestos desaparecen del mercado. El viejo truco que nos obliga a comprar, botar y volver a comprar. El consumismo muchas veces no es una opción, sino una necesidad.
Para los fabricantes no son importantes nuestro bolsillo, las consecuencias medioambientales de la producción ni la contaminación generada por los miles de aparatos inservibles que todos los días van a dar a la basura y generan toneladas y toneladas de dióxido de carbono y otros gases no menos dañinos.
Y como una cosa lleva a la otra, de obsolescencia programada pasé a la huella de carbono, que medí en un portal especializado para conocer el impacto de mis actividades sobre el calentamiento global. Uno de los ítems que miden la huella de carbono es precisamente el uso y cambio de aparatos que dejan mal herido el medio ambiente porque emiten gases de efecto invernadero. ¡Un círculo vicioso difícil de romper!
Si bien es impensable vivir sin esos aparatos que nos facilitan la vida pero friegan la del planeta, conocer nuestra huella de carbono nos permite tomar decisiones para ayudar a remediarlo, bien pagando (con árboles) el equivalente a las huellas que nos arroje el cuestionario o emprendiendo pequeñas acciones, incluso desde el hogar. Pueden ser un sonsonete muy cansón, pero son de obligatorio cumplimiento: Desconectar los aparatos eléctricos cuando no están en uso, reciclar basura y reutilizar bolsas, evitar el uso de desechables, caminar más y usar bombillos ahorradores (que tampoco tienen la vida útil prometida), entre muchas otras.
En Ecuador existen sanciones administrativas y penales para las empresas que incurran en obsolescencia programada. En Francia se castiga con dos años de cárcel y una multa de 300 mil euros. En Colombia no hay legislación al respecto, pero sí existe, se supone, la responsabilidad social empresarial, que debería incluir calidad total y lealtad con los consumidores. Al fin y al cabo somos los “culpables” de los jugosos estados financieros que muestran cada año.