Columnistas

Comunidades del silencio

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05 de diciembre de 2014

Comunidades del silencio, o comunidades de la desconfianza, de la distancia, de las puertas de seguridad, de las barreras físicas o invisibles. Ese es el precio de las grandes urbes. En los parajes más primitivos, aunque menguada, sigue siendo factible la empatía de quienes encontramos en la cotidianidad. En los caminos vecinales es impensable que alguien que pase no dé los buenos días o autorice el saludo. En la vereda todos saben quiénes viven en cada lugar, dónde y con quién trabajan. En el pueblo, todavía sabemos quiénes moran en la mayoría de las casas, y, más o menos, por cuántas personas está conformada cada familia.

En la ciudad, esa cercanía se derrite. Con frecuencia registramos que muchos no saben quién vive en el mismo edificio o en la puerta del lado. El supuesto progreso y urbanización de la humanidad va afilando, día a día, el fenómeno desastroso de la incomunicación, y, con él, la indiferencia, la insensibilidad, la miopía frente a la realidad social, la impermeabilidad a lo que pasa en el entorno.

Curiosamente, lo de ostentar hoy es el número de contactos o seguidores que tenemos en Facebook, Twitter y WhatsApp. Muchos “amigos” en la virtualidad, y mínimo roce físico. Son amigos que no precisan extensas descripciones o argumentos; con ellos podemos recortar las palabras, o disminuirlas. Pero el asunto ya no es solo de las grandes ciudades, pues en casa también hemos instalado comunidades virtuales.

A propósito, me llama la atención una publicidad de la TV que abre sus motivaciones presentando el contraste entre tener energía, y no tenerla. Con ella, vuelvo a mi infancia, cuando el alumbrado de mi pueblo, Valparaíso, eran los débiles cocuyos que lograba encender la Pelton del río Conde. Eran innumerables los programas y conversaciones, con mayores y pares, que inventábamos para disfrutar la luna llena y la penumbra.

La comunidad se diluye cuando olvidamos o ignoramos quiénes somos. Y esta pregunta, más que un esguince antropológico, sicológico, sociológico o filosófico, es una cuestión vivencial. Su respuesta vincula con quien pasa delante de nuestra casa, con quien trabajamos, con quien nos encontramos en el metro o los autobuses, con los colegas de aula, quien nos pone el periódico cada mañana en la puerta, quien nos provee las verduras, quien barre o poda el césped del parque que frecuentamos. En esas masas de autómatas en las que se van convirtiendo las grandes ciudades, el reto es rescatar, como mínimo, la pequeña comunidad del entorno inmediato.

Muchos escépticos dirán que no hay reversa, que no hay nada por hacer. No soy de ese tono apocalíptico y derrotista. La educación, que tantas veces pierde la brújula, tiene allí una tarea: incentivar la conversación, motivar el rescate de historias de los padres y abuelos, investigar la historia de la cuadra, del barrio... antojar de vecindad.