Con el tumbao que tienen los guapos
Hace dos meses Rubén Blades cumplió setenta años. Su trayectoria personal tiene poco que ver con “Pedro Navajas”, el héroe de su canción en boca de sus contemporáneos, de sus hijos y de sus nietos. Comenzando porque el matón de esquina neoyorkino lleva un sombrero de ala ancha, mientras que el del cantante es tacaño, no tapa nada, no sirve para salir volao.
Blades sabe lo que quiere, siempre lo ha sabido. De ahí que en su vida no haya drogas ni rumba áspera ni noches sin término. Nada de la crápula que ha matado pronto a sus colegas de música. Por eso su andar es firme, su maleta de cuero a la espalda es raída, su voz no requiere tecnologías que la maquillen.
Abner Benaim, director de su documental biográfico, se atreve a esculcar en ese deseo que lo acompaña desde siempre: “es un filósofo popular al ritmo de clave”. Sí, un juglar medieval a tientas entre los rascacielos de Nueva York y de la zona financiera de la Panamá del Canal por donde atraviesa el mundo.
Bien joven golpeó en las oficinas de la Fania All Stars pidiendo cualquier empleo que lo acercara a la salsa. ¿No buscan un cantante? Lo pusieron a repartir correo, terminó como compositor e intérprete de cuentos cantados. Trovas holgadas e inextinguibles sobre exseñoritas, juanitos alimaña, chicas plásticas. La maestra vida le dio sorpresas y él asumió decisiones.
¿Un intelectual irrumpe en la pista de baile? Sí, un poeta, un político, un jurista. Se alineó con Torrijos en su país, hoy se enfrenta a Maduro. La Fania y Willie Colón lo impulsaron como estrella, más adelante desconocieron sus derechos y los demandó. Escribe sus líricas de esquina a esquina mientras las recorre con su tumbao. Así logra un lenguaje que pega entre guapos y mujeres que buscan clientes pa’ trabajar.
Hay un punto negro que brilla en una orilla de su página blanca. Representa una noche en que actuó como lo hacían los mareados muchachos inmortales de los años sesenta. Hace pocos años la historia le pasó cuenta y Blades abrazó su destino, cumplió con las leyes inexorables del origen de la vida y de la muerte.
“Yo no me llamo Rubén Blades” es una película que camina y camina por las calles ricas de la gente rica y por las calles pobres de la gente pobre. Enlaza dos mundos, merced a la música, la poesía y el tumbao de un continente que se arrima a otro.