CONVERSACIONES DE PAZ Y OPINION PÚBLICA
La mayoría de los medios masivos de comunicación hacen un manejo bastante discutible de la llamada ‘opinión pública’ y se tiende a hacer una utilización instrumental de la misma con fines nada claros, pero definitivamente poco democráticos.
La cosa funciona más o menos de esta manera: se pretende desprestigiar o sobrevalorar un personaje, una acción de gobierno, una movilización o demanda social, un proceso como el de la terminación del conflicto armado entre el Gobierno Nacional y las Farc; se comienza enviando mensajes que no son necesariamente mentirosos, pero que solo destacan una dimensión del problema –las críticas por ejemplo-, o solo determinadas voces a las cuales se les amplía el espectro de su exposición con el argumento de que son muy importantes y claro, lo son justamente porque se les ha hecho una exposición mediática exagerada. Luego de una campaña sistemática durante un tiempo, y semanas después se hace un sondeo de opinión y en el mismo claramente se reflejará el impacto de esta en la opinión de los ciudadanos, y finalmente se hace un uso político del sondeo de opinión para decir esto es lo que están pensando los ciudadanos -la opinión pública- sobre este tema.
Esto lo hemos visto en relación con el proceso de conversaciones de La Habana. Un manejo sesgado de la información, de las pautas acordadas para las conversaciones, e incluso de los logros que las mismas han venido teniendo –es como si los acuerdos que se logran no fueran producto del trabajo y la voluntad de construirlos por las dos delegaciones, sino solo de una de las partes-, lo cual manda a los ciudadanos mensajes equívocos y si se quiere con una carga subliminal negativa. Esto permite, después de que se producen los resultados de los sondeos de opinión, que por supuesto reflejan esa confusión o el mensaje negativo que se ha transmitido, convertir el resultado en un mecanismo de presión sobre el Gobierno y la guerrilla para decirles que los ciudadanos no están de acuerdo con estos diálogos y que se requiere es, por ejemplo, acelerar los resultados o, llegado el caso, romper las conversaciones y para ello se estimula la idea de una supuesta victoria militar para resolver el conflicto armado –fórmula que hemos venido ensayando infructuosamente hace medio siglo-
Ahora bien, esto no es novedoso, es la lógica con que funcionan los medios de comunicación en las sociedades contemporáneas.
El problema, en relación con el proceso de conversaciones para cerrar el conflicto armado, es que el Gobierno y más precisamente la Mesa de Conversaciones, no tienen hasta el momento una estrategia de comunicación adecuada para buscar informar a los ciudadanos de manera veraz y completa sobre los logros –enfatizando en que fueron una conquista del trabajo conjunto de las dos delegaciones-, los retos, las preocupaciones en curso y las implicaciones que su implementación tendrán para la sociedad colombiana. Y esto no es solamente un problema de dar unas conferencias informativas en las regiones, o de unas cuñas de televisión o radio, sino un diseño más complejo, integrado y sistemático que debe involucrar a las dos delegaciones; un colega me recordaba la importancia que en su momento tuvieron los voceros públicos que nombró el M-19 en su proceso de conversaciones y me preguntaba por qué no hay unas figuras similares en este caso con las Farc y efectivamente, si como todos sabemos ya hay avances sustanciales en las conversaciones, ¿no sería la hora de que las Farc tuvieran unos voceros públicos que defendieran sus tesis, dieran las explicaciones que se les demande en escenarios públicos y contribuyeran a la defensa de los acuerdos que conjuntamente con el Gobierno han venido construyendo?
Si se quiere contar con una masa crítica de la sociedad favorable al proceso concertado de terminación del conflicto armado, se necesita con urgencia un diseño comunicativo y pedagógico que difunda, explique y defienda los avances y beneficios que este proceso está produciendo.