Corrupción: la peor guerrilla dentro de nuestra sociedad
Desde finales del año pasado venimos enterándonos del que puede ser uno de los escándalos de corrupción internacional más grande de este milenio. La multinacional brasileña Odebrecht tejió una red de sobornos para conseguir licitaciones y contratos que involucran al menos 10 países entre los cuales, tristemente, se encuentra Colombia.
Lo anterior nos deja al menos dos grandes conclusiones: En primer lugar, que la corrupción no conoce de fronteras ni idiomas y segundo, que nuestras instituciones se encuentran completamente vulnerables para prevenir y combatir la corrupción. La pregunta es ¿por qué? ¿Acaso tenemos como país propensión hacia la corrupción? ¿Hemos bajado la guardia deliberadamente? ¿Hemos claudicado en esa lucha?
Según investigaciones preliminares de la Fiscalía General de la Nación, serían más de 4,6 millones de dólares los que habría desembolsado la empresa del Brasil a congresistas y funcionarios estatales para quedarse con la construcción de diferentes obras de infraestructura a lo largo y ancho del país. Si una compañía está dispuesta a ofrecer sobornos de tal magnitud, significa que sus ganancias por concepto de la ejecución de los contratos son tan desproporcionadas que dan margen para los corruptos, lo que contrasta con el pésimo estado de gran parte de la infraestructura vial del país.
Funcionarios de diferentes Gobiernos se lanzan culpas mutuamente, como si la corrupción conociera de colores o ideologías políticas. Bien dice el adagio que “en un mundo de izquierdas y derechas, la corrupción es la única ambidiestra”. Más allá de este caso en particular, debemos insistir en que en Colombia el terreno es fértil para los corruptos porque no ha habido verdadera voluntad política para prevenirla mediante mayor transparencia, ni para corregirla y sancionarla eficazmente.
La crisis de corrupción en Colombia se debe a que hay muchos campeones de nado libre en la pocilga de la corrupción. Si hubiera verdadera voluntad política y no mediática de acabar la corrupción, ¿por qué nadie tomó y presentó al Congreso nuestras propuestas de la campaña presidencial? En el 2014 propusimos con Camilo Gómez un pacto contra la corrupción que implicaba reformas constitucionales, legales y sociales para hacer transparentes las decisiones del Estado y prevenir, más que lamentar la corrupción.
En ese orden, planteamos que todos los contratistas del Estado levantaran la reserva bancaria para que los organismos de control pudieran conocer el uso de los recursos públicos recibidos y pagados por los contratos; incluimos la reforma que permitiera la confiscación de bienes y la extinción de dominio a quienes se compruebe la corrupción y a sus familiares cuando hayan tenido participación o hayan servido de testaferros. Sin embargo, el Gobierno Santos y todos en el Congreso ignoraron estas propuestas y hoy dicen estar “escandalizados y sorprendidos” ante la dimensión del problema.
¿Cuánta gente y cuántos en los medios comentaron casi coloquialmente las cantidades generosas de mermelada antes de la reelección dizque para asegurar la “gobernabilidad”?
Es inaceptable que mientras la salud, la economía, las pensiones y el desarrollo del país están en crisis, los recursos de los colombianos se desvíen para alimentar apetitos burocráticos particulares y redes políticas. La corrupción es la peor guerrilla que se nos ha enquistado dentro del sistema y debe haber investigaciones y sanciones sin contemplación a los corruptos y, sobre todo, debe haber una sociedad civil que pase del amarillismo del último escándalo a una verdadera participación ciudadana que vigile, exija rendición de cuentas y no reelija a los corruptos de siempre.