CRIMINALIDAD, CIENCIA Y REFERENTES
Hace unos días tuve la oportunidad de conversar con un investigador dedicado a entender la lógica criminal en Colombia. Mientras hablaba con él, trataba de entender qué pasa por la mente de un joven en una comuna de Medellín para decidir ingresar a un combo. La respuesta es compleja, pues no obedece a un solo factor sino más bien a la confluencia de muchos, que van desde donde se nace hasta la educación que se recibe. En Medellín se calcula que existen al menos 250 combos que cubren el 60 % de nuestra ciudad. La edad promedio para enrolarse es de 15 años. La puerta de entrada al combo es siendo un “carrito” (haciendo mandados de droga, armas u otras tareas operativas...), le reporta a un coordinador de zona. Esa es la estructura simplificada de las barreras invisibles. Quien logra ingresar puede ganarse semanalmente $200.000 -más que un salario mínimo sin seguridad social- y en la medida de sus habilidades puede “ascender” en la estructura jerárquica, ganar más dinero, prestigio y poder.
Me decía el investigador que cuando un muchacho ingresa a una estructura criminal, una vez pasan 4 o 5 años es casi imposible que busque oportunidades laborales en la economía formal. La lógica es macabra: cuando un joven de 15 años gana más de lo que se gana su padre laborando honradamente, tiene acceso a armas y a una estructura que lo proteja, accede de cierta manera a una dinámica de poder barrial en la que impera la fugacidad. Esto es, se alcanzan logros tempranos así el futuro, ellos lo saben, sea el no futuro. Juegan la vida con un paradigma erróneo que compran por falta de oportunidades, ausencia de valores y referentes cercanos que los motiven a seguir otros caminos.
En el año 2014 estructuramos en Ruta N un programa denominado “Horizontes”, que buscaba que los jóvenes de los colegios públicos de Medellín se compenetraran con los problemas de sus barrios, entendieran los retos y plantearan soluciones. Esto lo hacían con investigadores y emprendedores. La idea era que desarrollaran prototipos y que tuvieran la posibilidad de otros referentes. Que en lugar de las armas, drogas y combos aprendieran de nanotecnología, astrofísica e ingenierías. Buscábamos que ese relacionamiento con los investigadores terminara por inspirar a los jóvenes en un liderazgo positivo, que les abriera puertas a una transformación de sus barrios. De la lógica criminal a la de la ciencia, la tecnología, las ingenierías y las matemáticas. Logramos llegar a 150 colegios con más de 5.000 jóvenes participantes. La semilla quedó sembrada.
A propósito de los acontecimientos violentos de estos días en la ciudad, es ahí cuando estos programas cobran relevancia sustentada en su continuidad. Medellín necesita visibilizar más referentes en cultura, deportes, investigación, civismo, políticos, personas que se forman en sus barrios de la mano de programas locales y logran sobresalir para inspirar a otros. Los referentes de nuestros jóvenes no pueden seguir siendo aquellos que están parados en una esquina ganando $200.000 semanales por “solo” hacer mandados o brindar información. Debemos enfocarnos en que entiendan que hay otras posibilidades de vida, y que cualquiera de ellos puede ser el próximo Rigoberto Urán, Iván Ramiro Córdoba, Jorge Reynolds, Marta Gómez, o tantos otros exitosos en Colombia y en el exterior. Debemos mirar hacia los barrios y encontrar nuevos horizontes para la juventud de nuestra ciudad.