Cristóbal, Antonio y Juan. Protomártires de América
Es verdad que en la época de la conquista, la colonia y la evangelización en América Latina se cometieron muchos errores. Que en algunos sectores hubo engaños y coacción de la libertad de los nativos. Pero también es cierto que más allá de estos errores, muchos indígenas se encontraron con aquel “tesoro escondido” de la fe cristiana, como describe el mismo Jesús en el Evangelio cuando dice que aquel que lo encuentra “vende todo lo que posee y compra el campo”.
Y una de las muestras de ello son los niños Cristóbal, de Tenochtitlán y Antonio y Juan de Tlaxcala, (hoy México). Ellos se enamoraron del mensaje de Jesús y murieron por amor a la fe que habían encontrado gracias a las prédicas de unos misioneros franciscanos que viajaron desde España a inicios del siglo XVI para evangelizar el nuevo mundo. Estos tres pasaron así a ser los primeros de una larga lista mártires de América. Los tres cambiaron sus nombres aztecas por cristianos. Los tres serán canonizados este domingo en Roma.
El primero de ellos es Cristóbal. Era hijo del cacique Acxotécatl y heredero de su señorío. Comenzó a ir a la escuela de los frailes y a aprender pronto sobre religión. A su padre le disgustaba ver que él ya no adoraba los ídolos sino a un Dios (para él) desconocido e hizo caso a los consejos de una de sus esposas (era polígamo) de asesinarlo por odio a esa fe que estaba profesando y también porque ella quería quedarse con el trono. El padre organizó una fiesta y cuando quedó solo con su hijo, lo tomó de los cabellos, lo tiró al suelo y lo golpeó tan fuerte que le quebró la cabeza y los brazos. El niño aún continuaba con vida y le ofreció su perdón. Le dijo, que, aunque quería heredar su reino, ahora heredaría uno mucho más grande, pero el padre en lugar de compadecerse, lo arrojó a una hoguera donde murió.
Luego están Antonio y Juan. Ellos quisieron rápidamente servir como guías a la comunidad de los franciscanos. Antonio era de la nobleza y Juan era su paje. El primero fue asesinado a palos por un grupo de indígenas aztecas que los veían como una amenaza a sus costumbres. Antonio, en un acto de lealtad salió a defender a su criado y por ello también murió. Estos dos niños fueron asesinados en Cuautinchán, Puebla en 1529.
Muchos de los nativos que abrazaron libremente el cristianismo se vieron violentados y, como en este caso, asesinados por los mismos miembros de su tribu. Es un lado de la historia del cual se habla poco o nada.
Algo similar ocurre hoy cuando muchos solo critican -¡y no sin razón!- los errores, negligencias y escándalos que surgen en el seno de una Iglesia compuesta por hombres de barro, pero poco es lo que se dice de aquellos mártires que en pleno siglo XXI siguen dando su vida para perpetrar la fe que profesan, que aman y sobre todo, que practican. Que son asesinados o torturados por quienes no la toleran.
Por eso vale la pena destacar el heroísmo de los pequeños Cristóbal, Antonio y Juan, quienes murieron por amor a la fe, y quienes nos cuenta la historia de la colonización de América desde un lente diferente, pero al fin y al cabo, un lente veraz.