¿CUÁL ES la trayectoria de BRASIL?
Cuando todavía estaba en la presidencia, decía yo que Brasil necesitaba tener trayectorias y trataba de señalarlas. En este periodo tormentoso del mundo, lleno de dificultades internas, se siente la falta de la habilidad de ver qué caminos tomaremos.
Con el fin de la Guerra Fría, un conflicto político entre EE. UU. y la Unión Soviética, simbolizado por la caída del Muro de Berlín en 1989, y su fin en 1991, se hizo patente el predominio de Estados Unidos.
Desde antes del final de la Guerra Fría, por paradójico que parezca, en pleno gobierno de Richard Nixon comenzó el acercamiento del mundo occidental a China. Con la muerte de Mao Zedong y el ascenso de Deng Xiaoping, los chinos se dispusieron a introducir reformas económicas. Así fue como, al final de la década de 1970, iniciaron un periodo de crecimiento extraordinario. Con la entrada del nuevo siglo, el peso cada vez mayor de China en la economía global se volvió evidente. Sin embargo, en el plano geopolítico, los chinos buscaron un ascenso pacífico, evadiendo la “artimaña de Tucídides”.
Mientras China no mostraba todo su potencial económico y político, se tenía la impresión de que el mundo había encontrado un equilibrio duradero, bajo la “paz estadounidense”. Europa se integraba, EE.UU. y buena parte de América Latina se beneficiaban del comercio con China, y Africa, poco a poco, consolidaba la formación de sus estados nacionales. Las antiguas superpotencias, Alemania y Japón, habían adoptado una “visión democrático-occidental” desde el fin de la Segunda Guerra.
En la actualidad, el entorno internacional es muy distinto. Con la “diplomacia” adoptada por el presidente norteamericano Donald Trump, una Corea del Norte que está desarrollando armas atómicas, las nuevas ambiciones de Rusia, las tensiones en los mares de China y el terrorismo, hay temores sobre lo que vendrá por delante. Los japoneses ven misiles atómicos coreanos pasar por encima de sus cabezas, los chinos se hacen de la vista gorda, el Reino Unido sale de la Unión Europea, los rusos se anexan Crimea; y los estadounidenses se van olvidando del Acuerdo TPP.
En este marco oscilante, Brasil requiere definir su plan. Dado que existen fracturas entre las grandes potencias mundiales se abren brechas para las “potencias emergentes”. Existen oportunidades para que ejerzamos un papel político, así como caminos económicos que se abren. No estamos atados a alianzas automáticas y, a pesar de nuestras crisis políticas, errores y dificultades, estamos en un nivel económico más elevado que en tiempos de la Guerra Fría: Construimos una agricultura moderna, somos el país más industrializado de América Latina y avanzamos en los sectores modernos de servicios, en particular en los de comunicación y financieros. Podemos pesar en el mundo sin arrogancia, reforzando las relaciones políticas y económicas con nuestros vecinos y demás socios latinoamericanos.
Entretanto, nuestras desigualdades extremosas son un lastre para la formación de una sociedad decente, que es una condición para el ejercicio de cualquier liderazgo. Las carencias en la oferta de empleo, salud, educación, vivienda y seguridad pública todavía son obstáculos que hay que superar.
Si no organizamos rápidamente un polo democrático que no insista en “utopías retrógradas”, que entienda que el mundo contemporáneo tiene bases tecnocientíficas en crecimiento exponencial y que, por lo tanto, exige educación de calidad, que sea popular y no populista, que hable de forma simple y directa de los asuntos de la vida cotidiana de las personas, corremos el riesgo de ver en el poder a aquellos que no saben cómo usarlo o que lo usan para beneficio propio. Es así como corremos el riesgo de perder las oportunidades que la historia nos está dando para tener un camino definido.