Cuando la comida es un derroche
Las fiestas de Navidad son las más alegres del año. Desde nuestra infancia, son época de regalos, luces de colores, pesebres, cenas, celebraciones familiares y viajes de vacaciones. Pero también son días de excesos y despilfarro.
Yo las disfruté, como siempre. Sin embargo, una noticia que leí en El País, de España, me dejó lleno de sinsabores. Decía que de la comida comprada en estas fiestas, una tercera parte terminaría en la basura. Eran palabras de José Esquinas, un experto de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura ―FAO―, que ha dedicado su vida a luchar contra el despilfarro de alimentos y el hambre.
Según Esquinas, estas fechas son el máximo exponente de una incongruencia económica de graves consecuencias para la sociedad y el medio ambiente: se produce y se adquiere mucho más de lo que se necesita. Mientras unos 800 millones de personas pasan hambre en el mundo, 1.300 millones de toneladas de alimentos se pierden cada año. En 2016, unas 17 millones de personas murieron de hambre. Una de cada nueve se acuesta cada noche sin haber probado ningún alimento.
Las palabras del profesor español me dejaron abatido. Mi cena de año nuevo fue triste. Cada bocado pasaba por mi garganta con dificultad. Al día siguiente busqué las cifras del despilfarro de alimentos de la FAO. Me parecieron terribles. Según su último estudio, en los países ricos los consumidores botan a la basura 286 millones de toneladas de cereales cada año. Solo en Europa se desperdician 29 millones de toneladas de productos lácteos. En el mundo, el 35 % del pescado y otros productos marinos capturados también va a la basura. Las tasas más altas de desechos se dan en las frutas, las hortalizas y los tubérculos: el 45 % de ellos son arrojados a los basureros. El 47 por ciento de las frutas y verduras se consume y el restante 53 por ciento se pierde o se bota. Igual sucede con la quinta parte de las 263 millones de toneladas de carne de vaca producidas cada año y con la quinta parte de las legumbres y oleaginosas.
Para este derroche mundial, cada año se desforestan 15 millones de hectáreas y se cultivan 1.400 millones y se gasta la energía equivalente a 300 millones de barriles de petróleo. En otras palabras, además de la comida, también se pierden el trabajo, el agua, la energía, la tierra, los abonos y demás insumos utilizados en la producción de estos alimentos. Solo en Estados Unidos, un país rico pero con unos 43 millones de pobres, el 40 % de la comida termina en la basura, sin haber sido consumida.
En Colombia, las cifras del desperdicio también provocan rabia y dolor: el 34 % de los alimentos se pierden: el 22 % durante su producción y después de la cosecha, debido a prácticas agrícolas ineficientes y a problemas de transporte, y el 12 % restante en los estantes de los supermercados y en manos de los consumidores.
Para poner fin a esta orgía de desperdicio, la FAO recomienda favorecer la agricultura familiar, promover la producción más cercana al consumidor, prohibir el desecho de productos perecederos, promover el compostaje y reutilizar y reciclar los alimentos.
Si se redujera a la mitad ese despilfarro, el mundo podría alimentar a mil millones de personas más y convertir el hambre en cosa del pasado. También se lograrían reducir los efectos del cambio climático en la misma proporción que si se eliminara la cuarta parte de los carros que circulan por las carreteras del mundo.
Pero, en un mundo plagado de egoísmo y ambición desmedida, donde el despilfarro es un comportamiento ostentoso asociado a la riqueza y al prestigio, ¿estas metas podrían alcanzarse?.