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¿Cuándo le darán el Nobel a Leila?

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29 de noviembre de 2014

Todavía no encuentro ninguna mujer que escriba como ella. Probablemente me dirán que esto es debatible porque a las personas nos pasa lo mismo que a las obras de arte: cada una tiene un valor peculiar y todo es relativo.

Carlos, el vendedor de flores de la esquina remueve cada tarde los pétalos marchitos de sus rosas y las jóvenes del café cercano siguen tostando los granos. Desde el balcón veo llegar los huéspedes del hotel o cómo el cielo se va cubriendo de tonos naranja en los días de sol. Y en esta mezcla de rutinas y vestigios de novedad semanal, aparece la escritora argentina Leila Guerreiro.

A ella la descubrí hace unos años a la entrada de un consultorio médico. Yo había renunciado temporalmente a ese trabajo de corresponsal que me llevaba por mil caminos para dedicarme a un proyecto aplazado: ser mamá. Y mientras esperaba el resultado de varios exámenes, encontré una de sus crónicas: “Contra la infancia”. No la conocía. Solo entendí que la escritora había decidido no tener niños y definía a un bebé como “una tela en blanco donde papi y mami pueden pintar lo que quieren”. A pesar de tener una opinión opuesta, no me molestó. Es más, me gustó su honestidad e intuí su valor para buscar la felicidad propia por encima de las convenciones sociales. Desde entonces seguí buscando sus letras.

Todos los miércoles escribe en el periódico El País de España. En los últimos meses ha hablado del matrimonio, Venezuela, los jugadores alemanes en el mundial, la mafia, el ébola, su abuela, la indiferencia o los días de infancia en la Pampa. En cada párrafo hay un halo de su alma, una fuerza emocional que arranca un suspiro o una pregunta. Y no tiene problema en cuestionar ni al Papa: “Me pregunto si este papa que no quiere juzgar ahora la homosexualidad es el mismo que se opuso en Argentina al matrimonio igualitario”. Es la misma que ganó en el 2010 el premio de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano por el reportaje “El rastro en los huesos”, sobre un equipo forense que identifica cadáveres de la dictadura argentina.

A veces pienso en ella cuando salgo a trotar por el barrio. Imagino que tal vez estará corriendo a esa hora por una calle de Buenos Aires porque como dijo antes: “Corro para aprender a aguantar lo que no se aguanta, para no llegar a ninguna parte, para romper el insano silencio del mundo”. A ella también la admiro por su bondad, la fe en ciertas historias, la curiosidad y sus preguntas humildes. Esta mujer que responde los emails con una mezcla de amabilidad y verdad desnuda, se sorprende con una pareja que va al mercado o se emociona con una canción callejera porque ya lo dijo: “duró cinco minutos que, como todo el mundo sabe, es lo que dura la felicidad”.

Desde hace mucho escucho que la Academia Sueca tiene varios criterios para otorgar el Nobel de Literatura, máximo galardón de las letras. Algunos dicen que hay intrigas políticas en el proceso. Lo único que tengo claro es que estaré feliz el día que le den el Nobel a Leila, una de las más grandes escritoras actuales en el mundo hispanoparlante.