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Cuando no llegan los bárbaros

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18 de mayo de 2016

La realidad es inexorable: existen los enemigos. Acechan los bárbaros. No es culpa de la ciudad, es ambición de los fronterizos. Respiran cerca, todos temen su poderío, que se manifiesta en terribles rumores.

Hace más de un siglo el poeta griego Constantino Cavafis los eternizó en su composición “Esperando a los bárbaros”. En 1980 J. M. Coetzee utilizó idéntico título para su tercera novela, ganadora del primer premio de las letras sudafricanas.

Ambos cantan y narran la atmósfera de imperios asediados por enemigos que levantan pirámides de huesos pero nunca les hacen frente. Huraños que cuando lleguen harán nuevas leyes. Entre tanto, como espectros se entregan a asesinato y rapiña.

Pero un día, mientras los habitantes preparan sus almas, se evidencia que no llegan los bárbaros. “No quiero pensar en los bárbaros –dice con Coetzee una humilde mujer de la noche. La vida es demasiado corta para pasarla preocupándose por el futuro”.

Cavafis cierra su poema con una contundencia: “Y ahora ¿qué destino será el nuestro sin Bárbaros? Esa gente era al menos una solución”.

Los dos autores le quitan la máscara al espanto del terror. Muestran que este habita ante todo en la mente de los ciudadanos. Y que sirve con eficacia a intereses subterráneos.

Los verdaderos bárbaros son precisamente los beneficiarios de estos intereses. Hacen vibrar flechas imaginarias que llegan al blanco desguarnecido de las multitudes. Estas se espantan sin saber a qué cielo acudir como amparo. Por eso para los difusores de ansiosos rumores, los enemigos son una solución.

Saliéndole al paso a este truco, el filósofo rumano E. M. Cioran destrabó su mecanismo en 1987, con el siguiente aforismo:

“Estáis tranquilos, olvidáis a vuestro enemigo, que vigila y espera. Se trata sin embargo de estar preparado cuando arremeta. Vosotros venceréis, pues a él le habrá debilitado ese enorme desgaste de energía que es el odio”.

Quien quiera comprobar el efecto del odio como desgaste de energía, que repare en la fotografía del cizañero mayor: pelo cenizo, ojos inyectados, dedo tembloroso, ausencia de risa, rictus arisco, esqueleto que tiembla.

No hay que enfrentarlo, pues su munición pública es embaucadora. Basta olvidarlo, ignorar su trampa, dejarlo que vocifere solitario frente a las huestes lastimeras del pretérito.