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Me despido del Congreso

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hace 12 minutos

Es el momento del adiós, de los balances y de los agradecimientos. Termino mi período como congresista con un sentimiento de orgullo y gratitud. Fueron cuatro años representando a mi departamento en la Cámara de Representantes con honestidad y rigor; cuatro años de trabajo técnico y propositivo en torno a los temas que han marcado mi carrera profesional y política: la cultura, la creatividad, los entornos urbanos saludables y sostenibles, la convivencia, la iniciativa empresarial y las libertades individuales. Rodeado de un equipo con grandes virtudes humanas y profesionales, logramos aprobar cinco leyes que contribuirán a mejorar la calidad de vida de los colombianos, en especial de quienes comprenden el valor de la cultura, la serenidad y el desarrollo sostenible. Junto a ellos defendí las necesidades y las ilusiones de una Antioquia que, en materia de infraestructura, no suele quedarse quieta a la espera de que otros sueñen por ella.

También me vi en la necesidad de denunciar la corrupción y las derivas autoritarias de un gobierno decepcionante y nocivo que, infortunadamente, hizo de la oposición un enemigo al que había que aplastar. No fue fácil enfrentar, con argumentos y respeto, a un presidente que no supo honrar con altura y hechos la dignidad del mandato que los colombianos le otorgamos. Por fortuna, en el Congreso de la República, pese a su mala fama, encontré colegas sensatos y honestos con quienes pude construir y trabajar a pesar de las diferencias. Es pertinente decir que en el propio Gobierno y su bancada encontré funcionarios probos y conscientes que no estaban cumpliendo un simple rol de obediencia, sino que entendieron la magnitud de la oportunidad que tenían para hacer algo bueno por los colombianos.

No fueron solo cuatro años; este año cumplí diez de carrera política. Fue un camino inesperado que terminó convirtiéndose en el mayor honor de mi vida: representar a mi ciudad y a mi departamento en la defensa de las causas que antes promovía desde la academia y el activismo. En este tiempo aprendí de Medellín y de Colombia; de la democracia y de la deliberación; de la modestia y de la paciencia. Aprendí a valorar los procesos y a entender que los cambios positivos en una sociedad son como los árboles: se siembran, se cuidan y se ven crecer; nada es inmediato. Termino esta etapa con la satisfacción y el orgullo de haber cumplido, pero también con el cansancio y las preocupaciones propias del ejercicio político en un país angustiado y enardecido por discursos violentos. Nos queda a todos la tarea de sanar y de sembrar el futuro que soñamos, uno en el que no sobre ningún compatriota.

Regresaré a mi ciudad con el equipaje lleno de experiencias y amigos, y con la convicción de que sí es posible construir una sociedad mejor. Pronto emprenderé un viaje de estudio de un par de meses para aprender sobre la gestión de los retos y las oportunidades que hoy tiene nuestra ciudad amada. Después volveré para presentar ideas y soluciones para una Medellín que no puede seguir estancada en rencores del pasado ni en pequeños proyectos políticos personales; una Medellín que, sin duda, merece volver a brillar.