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DE DIENTES PARA ADENTRO

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26 de noviembre de 2018

“Hoy soy rico. Ya almorcé y no tengo patrón”. Así escribió mi papá en el borde del periódico un día que, sin esperárselo, se quedó sin trabajo. Aún tengo el recorte entre una pila de papeles amarillentos que conservo, porque amo la frase y todos los mensajes implícitos que encuentro en ella.

Eran otros tiempos. Y si bien no era su caso, todavía existen, y seguramente existirán por siempre, los jefes que creen que el liderazgo se ejerce a punta de gritos, insultos y ultrajes. El maltrato laboral, o mobbing, se puede sufrir de muchas maneras: Desde actos de agresión física, insultos, comentarios humillantes, amenazas injustificadas de despido, burlas sobre la apariencia física, la raza y la religión, permisos negados, hasta asignación de funciones extralimitadas y rechazo permanente al trabajo realizado por la persona. Estas actitudes menoscaban la autoestima de los empleados y producen angustia y ansiedad. Además, son causa de enfermedades corporales. Casi todas las empresas han sido siempre orientadas al cliente, a satisfacer sus necesidades, a buscar alternativas y a ser muy creativas para desarrollar productos nuevos para ellos, pero poco se miraban por dentro. Mientras tanto, el ambiente de inconformidad laboral hacía de las suyas, porque en aras de desarrollar nuevos productos y mejores formas de prestar un servicio, los empleados resultaban exprimidos, casi literalmente.

Por fortuna, hoy las organizaciones serias tienden no solamente a mirar hacia el cliente externo, sino también hacia su recurso humano.

El término innovación se acuñó hace muy poco, por lo menos en nuestro entorno, y no aplica solamente para productos tangibles. La innovación tiene que ver con la forma de reinventarse para seguir en el mercado, también con encontrar una manera de que los empleados trabajen con gusto, desarrollen el sentido de compromiso con su empresa, descubran el por qué y el para qué están allí y cómo inciden en una organización donde cada uno tiene sus cadaunadas.

Integrar a los seres humanos que hacen parte de todos los procesos deriva en una motivación para hacer mejor las cosas. Se trasciende de las horas-nalga y la espera de “santa quincena” a “ser humano” para saber que se está viviendo con otros que también tienen sueños, miedos, problemas y alegrías, para que esos otros sepan de qué pasta está hecho el compañero que está al lado, el que lleva la batuta o la proveedora de momentos de felicidad en forma de pocillos de café. Un oficio lo aprende a hacer cualquiera. A ser persona y a ponerle el corazón, no todos.

No faltará quien piense que estas prácticas empresariales que buscan el crecimiento y bienestar de sus empleados no son más que una forma de engordarlos para después matarlos, como a los marranitos de diciembre. Pero incluso en ellas pueden encontrar herramientas que los empoderen para firmar la carta de renuncia sin nada de nervios. La innovación también es un viaje hacia el interior de las personas. Obviamente la intención de las empresas es que su gente se potencie para que las cosas fluyan, para que haya buen relacionamiento y para no ser islas en un mar de soledades. Mirar a las personas siempre ha sido importante, pero no siempre todos lo han entendido ni lo han practicado. Los resultados son para la vida, no tienen horario de oficina y no caducan cuando se termina el contrato de trabajo. ¡Bien por esa!.