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DE TACÓN ALTO A PISAHUEVOS

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23 de julio de 2018

En la cima de su carrera profesional, con un empleo que la apasiona y un salario que le permitía tener la independencia económica y el nivel de vida que siempre soñó, además de estabilidad, respeto y credibilidad en una de las grandes empresas de nuestro departamento, una joven madre de dos niños pequeños decidió renunciar a su trabajo para dedicarse a la crianza de sus hijos de tiempo completo.

Sabía que ejercer este cargo resultaría más agotador que las ocho horas diarias de oficina, y que incluso los fines de semana dejarían de existir, porque da igual un martes que un domingo cuando de criar niños se trata. También sabía que los ingresos del hogar dependerían en su totalidad de su marido; que pasaría meses sin comprar zapatos, joyas o los cachivaches innecesarios que a uno le gusta tener. Se preparó para recibir las críticas de sus amigas por “anticuada”, por querer convertirse en una señorona, por cambiar la calculadora financiera por crayones y su ropa de alta costura por una sudadera y unos tenis pisahuevos. Pero sobre todo, por guardar en un baúl, hasta nueva orden, la ejecutiva acostumbrada a calcularlo todo fríamente, sin lugar para las emociones.

Sabe que en adelante, en vez de cifras, fluctuaciones del dólar y manifiestos de exportación, sus negociaciones girarán en torno a quejas como “mi hermana me mordió” o “no quiero sopa sino helado”. Deberá ser árbitro en un sinfín de pataletas y situaciones cotidianas, por muy insustanciales que parezcan, en las que sus síes y sus noes, sus estímulos y sus correctivos, marcarán pautas de comportamiento en sus hijos para toda la vida.

En su agenda ya no habrá más comités primarios, sino citas con el pediatra, clases de fútbol, de patinaje y fiestas infantiles. En adelante hará parte de un gremio poco valorado, pese a ser una misión compleja encargarse de los hijos, cuyos beneficios están suficientemente demostrados. Sabe que a veces querrá salir corriendo, que de pronto se sentirá frustrada, cansada, que su ánimo decaerá y que tendrá sentimientos encontrados, pero aun así, firmó la carta de renuncia.

Ahora ejercerá de madre, un trabajo sin oficina, sin horario, sin escritorio, a veces sin asistente, sin retribución económica, sin vacaciones, sin pausa y sin reconocimientos, sin primas extralegales y sin ascensos, pero con muchas satisfacciones, y no minúsculas.

Ya no será una ejecutiva de tacón alto y manicura impecable. Ahora quiere ser una mamá normal, con aciertos y errores, metida de lleno en la formación de sus pequeños y dispuesta a compartir con ellos sueños, dudas, miedos e ilusiones. ¡Generosa y valiente!

Una historia encantadora que, sin embargo, deja un sabor agridulce. Si renunciar no es fácil donde hay, mucho menos donde no hay. Lamentablemente hay quienes tienen que trabajar sin descanso para conseguir lo necesario, a veces hasta más, a costa de la soledad de los niños, que no ven a sus padres por días y hasta por semanas enteras, criados a control remoto o por el ambiente natural que le tocó a cada uno, sin normas claras, sin una mano que sostenga, empuje o ataje y, muchas veces, como un lastre al que se le saca el cuerpo porque agobia y cansa.

Si los padres asumieran su responsabilidad con normas claras y prioridades en el poco tiempo que les queda libre, seguramente no estaríamos padeciendo un mundo hostil, descompuesto, patas arriba y muy difícil.