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DE ULTRAJE EN ULTRAJE...

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14 de mayo de 2018

El pasado viernes cuatro de mayo se conoció, a cuentagotas, el caso estremecedor de la violación y flagelación de una niña de tres años en Bogotá, que fue internada en el Hospital Santa Clara al bordo de la muerte y ya está fuera de peligro; la criatura había sido dejada en una guardería clandestina en el barrio Santa Fe. Según dijo a la “Blu Radio” la líder de una fundación encargada de proteger a los infantes, ella “tiene fractura en el cráneo, múltiples golpes, desgarros y encontraron tierra y papel en su boca”; y, el jefe del Grupo de Protección a la Infancia y a la Adolescencia señaló a “El Tiempo” que ella “tenía lesiones muy graves”, “sufrió de golpes y hay señales de abuso”. ¡Un cuadro aterrador!

Un caso en el cual a los hijos de personas de escasos recursos económicos (se dice que la madre de la criatura es una trabajadora sexual del sector) se les trata como objetos sexuales y luego son tirados; es el terrible crimen del abuso infantil que se repite a lo largo y ancho del país, en medio del silencio cómplice de una sociedad que no se atreve ni a pronunciarse. Eso sí, las autoridades encargadas de la custodia de la infante se lavaron las manos: la directora del ICBF en Bogotá aseguró que la entidad trata de ubicar a la abuela materna de la niña quien tenía su custodia desde 2015 y afirmó, según “El Colombiano”, que “durante el tiempo que se hizo el seguimiento la niña estaba bien con la abuela”. Estas explicaciones no convencieron al Procurador General de la Nación quien, muy indignado, pronto tomó cartas en este doloroso asunto y ordenó las investigaciones, acompañamientos y controles de rigor.

Es más, cuando se conoció el hecho un grupo de cerca de ochenta personas organizó un plantón en la calle 22 con la carrera 15 y aprovecharon, como hizo en vida la finada Gilma Jiménez, para pedir la cadena perpetua (“No más impunidad. Queremos cadena perpetua para abusadores”, era el lema enarbolado en sus pancartas), pues entienden que este tipo de conflictos sociales solo se soluciona a gritos e imponiendo condenas de ese tipo. Para ellos, pues, pasan a segundo plano la indolencia social, el abandono del Estado, la falta de valores, la indignidad que nos acorrala, las estructuras sociales políticas y económicas injustas, etc.

Por supuesto, nada se puede esperar de una sociedad y de un Estado que trata a sus niños como si fuesen cucarachas o ratas de una letrina, como se ha evidenciado con las criaturas de la Guajira o del Chocó (donde, a propósito, las transnacionales hacen su agosto con los recursos naturales) quienes mueren de hambre en medio de la desnutrición; o con los pequeños de otras comarcas del país que son alimentados con comida-basura, porque algunos maleados contratistas favorecidos por las entidades encargadas de su alimentación han hecho de esa actividad un burdo y cruel negocio.

Tal vez por eso este tipo de hechos apenas sí es objeto de difusión momentánea por la gran prensa y las redes sociales; los pobres, los desposeídos, las niñas escarnecidas, no son noticia. Ahora, en medio de la campaña electoral que pone en evidencia la pobreza de ideas existente, solo importan las encuestas con las cuales unos candidatos que no proponen el verdadero cambio requerido por el país quieren ganarse el favor popular, mientras crecen la improvisación, el populismo y hasta el chantaje, etc., para tratar de ganar el favor de unos electores desconcertados a quienes no se les propone la transformación auténtica de esta aplastante realidad.

En fin, hoy domingo, con el alma henchida de dolor, cabe preguntarle a esta nación enferma, lacerada e inhumana, que agrede y cosifica de esta forma a sus menores, si los desconocidos bellacos que hicieron estas bestialidades sobre una criatura olvidada e indefensa pueden ser llamados seres humanos.