DEL HUECO AL BLACK FRIDAY
Como si no bastara con las promociones de nuestros grandes almacenes por aniversario (cada cuatro meses) ahora salimos de El Hueco para caer en el Black Friday, en inglés y todo, para reconfirmar no solo que somos compradores compulsivos, sino también unos copietas de miedo.
Para los que no saben, el Viernes Negro se originó en Filadelfia, Estados Unidos, a comienzos de la década de los sesenta, cuando el tráfico se contriplicaba gracias a que la gente salía a hacer sus compras de Navidad a la mañana siguiente del Día de Acción de Gracias.
Desde entonces la práctica comenzó a extenderse por todo el país y ya llegó, por supuesto, a muchos otros, incluido el nuestro. No me molestan las ofertas cuando son de verdad, ni boba que fuera, pero digo “de verdad” porque los precios en promoción no siempre son menores, o son inflados antes para que después parezcan muy bajitos.
Una de las críticas que recibe el Black Friday, como lo llaman nuestros bilingües publicistas, es que fomenta un estilo de vida consumista, muchas veces sin plata (para eso están los créditos, qué carajos) y también sin necesidad. ¡Cuántas veces nos endeudamos por comprar compulsivamente sin racionalizar si necesitamos los artículos adquiridos!
Metida yo, cierto, porque cada quien maneja sus finanzas como quiere, pero me da bureo, como decimos en Suroeste, que por cuenta de la globalización cada día copiemos más las costumbres foráneas mientras perdemos las nuestras.
No solo adoptamos el Viernes Negro, sino también el Cyber Monday, el Halloween, el Día de San Valentín y el Día de San Patricio, que viene de más lejos, perdió el sentido religioso, se volvió comercial y lo “afrijolamos” para poder vender flores, chocolates y trago en su celebración. No nos falta sino hacer desfiles con los personajes de Walt Disney el 4 de julio.
Ya no hacemos pesebre con musgo para el Niño Jesús, porque los ambientalistas lo abolieron en aras de preservar el Planeta, pero en cambio llenamos nuestras casas de trineos sin nieve arrastrados por unos renos que ni conocemos, trayendo a bordo un viejo barbado con un costal al hombro que se mete por unas chimeneas que no tenemos y deja regalos en la base de un pino que tampoco es auténtico.
Si vamos a copiar de Estados Unidos, copiemos lo que nos puede ayudar a crecer como país:
El funcionamiento de la democracia y la justicia, que a veces cojea pero siempre llega; la disciplina en la calle y en los espacios públicos; el respeto por las normas de tránsito y por los derechos de los demás; el espíritu de trabajo, de productividad y de innovación de las personas y las empresas, que aquí está tan disminuido; el Día de Acción de Gracias, que tiene dos significados muy bellos: La gratitud hacia Dios, sea cual sea su nombre, por los beneficios recibidos durante el año, y la integración de la familia y con los vecinos en casita.
Y si de copiar se trata, allá podrían copiarnos el calor humano, la unión familiar, la alegría y la capacidad de disfrutar las cosas sencillas de la vida, no necesariamente las más costosas, sino las que enriquecen el espíritu. Son gratis, no se venden en Black Friday y no necesitan Visa ni Mastercard.