Del renacuajo al sapo
Recuerdo que, en plena algidez del proceso de paz, la revista The Economist afirmó que las Farc tendrían más de $10.000 millones en bienes. Esos ingresos eran atribuidos a lindas prácticas como el narcotráfico, la extorsión, el secuestro y la minería ilegal. Obviamente, nunca reconocieron semejante suma. Por el contrario, siempre han argumentado que no tenían ingresos y que lo que conseguían se iba a su balance como “gastos operativos” para mantener a su ejército, porque sostener una guerra siempre sería caro.
Sin embargo, vivíamos en esperanza de paz y ellos, muy voluntariosos, se comprometieron a entregar bienes para reparar a las víctimas (en realidad, era una obligación para acceder a la Justicia Especial). En agosto del año pasado, entregaron una lista de bienes. No todo fue tan bonito como pintaba. El fiscal Néstor Humberto Martínez dijo que la lista era “inútil e improcedente”. Tenía la razón: entregaron, entre otros, un montón de vacas regadas por los campos. Júntelas, pues, si es tan verraco; reportaron propiedades baldías imposibles de registrar, y solo 49 vehículos con placas, los mismos que supuestamente movilizaron a 7.000 guerrilleros. Para ajustar, entregaron bienes de “suma importancia” como traperos y exprimidores de limones y naranjas.
En un país tan polarizado, muchos vieron eso como una burla. Con razón, por aquella época alguien me dijo: ¿qué sentirá una madre de una víctima al ver un exprimidor en el mercado?
Ahora, como este país tiene memoria de pollo, el tema quedó ahí y nos distrajimos con otros asuntos. Que el referendo, que la clasificación de la selección Colombia a Rusia. Al final, las Farc se convirtieron en partido político, sus jefes aspiran hasta a la Presidencia, el Estado les sostiene, y del tema de los bienes... ¿cuáles bienes? En otras palabras, la deglución de un sapo terminó siendo la de un simple renacuajillo.
Pero, como dicen las tías, entre la tierra y el cielo nada se esconde. La semana pasada la Fiscalía expropió los supermercados Supercundi, Merkandrea y Mercafusa, localizados en Cundinamarca, Tolima y Quindío. Según el ente acusador, servían para que las Farc lavaran activos por el orden de $650.000 millones. ¿No pues que todo estaba entregado? De llegar a ser verdad, esto denotaría un cinismo bárbaro, porque ese renacuajo del momento habría hecho metamorfosis para convertirse en un sapote y ¡qué sapote! ¿Será que esto traerá alguna consecuencia y que alguno de los conversos hoy en políticos, perderá los beneficios de la Jurisdicción Especial para la Paz por no haber dicho la verdad? Creo conocer la respuesta: empieza por N y termina en O. Si la historia pega para otro lado, ojalá no se les olvide una cosa. Hay un solo dueño de ese montón de plata: las víctimas.