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Delirios colombianos

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Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.

15 de agosto de 2017

Dos hombres y sus declaraciones para entender la encarnación de la irracionalidad. De un lado un veterano de las luchas conservadoras como José Galat, enardecido en su locura arcaica, que enfrenta la visita del Papa Francisco a nuestro país al considerar que el argentino es la personificación del liberalismo impío. Que no es un vocero legítimo de Roma y, como usurpador, reemplazó a Benedicto XVI gracias a tramas de conspiración y juegos diabólicos.

El otro ejemplo de insensatez: Ricardo Puentes. Un político que se dice periodista, miembro fundador del Centro Democrático, que renuncia a la colectividad porque considera que la guerrilla y el comunismo se tomaron al partido más derechista que ha visto nuestra débil democracia en años. Francisco un antiPapa y el uribismo representante del comunismo. Payasadas que no resisten el más mínimo argumento.

Las dos afirmaciones –que ganaron cierto lugar en los análisis mediáticos de las últimas semanas– vienen desde la religión y la política, círculos de lo privado y lo público que en nuestro país no han hecho más que mezclarse desde que abrimos los ojos como nación. Dos espacios que cada tanto nos muestran la imposibilidad que tenemos como sociedad para confrontar con hechos los discursos.

Porque decir que las acciones del Papa suramericano pretenden destruir la iglesia es tan absurdo como perfilar al Centro Democrático de colectividad dirigida por la izquierda radical. Son delirios insostenibles, que serían fácilmente olvidados si no tuviéramos que oler en ellos el tufo del oportunismo. Su peligro no radica en saber de dónde vienen sino en el espantoso eco que logran.

Por siglos hemos visto en Colombia a religiosos como gobernantes de púlpito, equilibristas entre su fanatismo y su conveniencia, y ahora sufrimos de exgobernantes a los que sus seguidores adulan como dioses incomprendidos. Ambos comparten el aterrador poder de convertir sus ideas en palabra sagrada.

Que los locos hablen no es problema. Lo han hecho siempre. Lo descorazonador es que sus gritos iracundos tengan espacio en la discusión actual y nos definan justo cuando se requiere tanta cabeza fría. No podemos olvidar que la alucinación de los fieles abre las puertas a la obediencia sin cuestionamiento y a la mentira como arma.