Columnistas

Derrota y consolación de las estrellas

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19 de diciembre de 2018

Los contrasentidos de la historia. Hace apenas 140 años Thomas Alva Edison descubrió la luz eléctrica y construyó la primera lámpara incandescente. Sin proponérselo, este inventor derrotó las estrellas.

Los antiguos sabían mucho sobre los astros. Sus noches de espanto eran una expansión de conocimientos. Aprendieron a diferenciar cada luminaria, les dieron nombre de constelación a sus geometrías, nombraron como galaxias o nebulosas a sus racimos lechosos.

Gracias a su cartografía celeste, conocieron las épocas de sembrar y las de cosechar. De noche llegaban a destino más allá del mar, espiando la pertinaz configuración de los puntos brillantes. Hicieron magia y ciencia con base en la plana de la inmensidad.

Hace menos de siglo y medio la humanidad se desconectó de esta fuente de poder. La lámpara de Edison se multiplicó en bombillos, los reflectores bañaron de claridad las calles donde viven cuatro quintas partes de los terrícolas. En el XXI la gente cegó los ojos con pantallas omnipresentes.

La comprensión del cielo pasó de los campesinos a los impenetrables técnicos de la Nasa. Lo que era materia de todos se volvió exquisitez de una minoría. La noche se transformó en televisión y en rumba de discoteca nublada. Luceros y planetas desaparecieron de la cotidianidad.

En contraste, hoy los científicos aconsejan prepararse para emigrar a Marte y otros mundos, pues la Tierra no da abasto. ¿Prepararse cómo?

El fin de semana pasado hubo lluvia de estrellas. Gemínidas, las llaman astrónomos como Germán Puerta, quien agrupó de noche a setenta personas en un paraje con laguna, lejos de la luz inventada. Con un disparador manual de laser señaló la constelación de Orión, el cúmulo de las Pléyades con sus siete cabritas, el rojo Marte al lado de la media luna.

Cada vez que cruzaba en sesgo una de las fugaces, se levantaba de la hierba un clamor: ¡Ahhh! Quienes lograban atisbarla se convertían en antediluvianos. Estaban viendo lo mismo que vieron los pintores de Altamira. Llevaban contabilidad de bólidos avistados.

Por primera vez, además, presentían que eran hombres y mujeres observados.

Esa medianoche sin Edison las estrellas tuvieron una fugaz consolación de su derrota. Y los astrónomos aficionados se fueron a medio dormir en sus cavernas.