Díptico del asombro
De un extremo a otro saltó el Brasil. Hastiado de la corrupción de sus dos últimos gobiernos populistas de izquierda, Lula/Dilma, se fue al populismo de derechas. La puñalada a Bolsonaro le salió con premio. Y no se sabe cuál de los dos populismos es más perverso y destructor. Ambos conducen a lo que llama el sicólogo y filósofo de Harvard, Steven Pinker, “el populismo autoritario”, que es “el ejercido por un caudillo fuerte que al valorarlo, ignora las limitaciones de la naturaleza humana y desdeña las instituciones regidas por normas y los controles institucionales que limitan el poder de los imperfectos actores humanos”.
Entra Brasil con su populismo de derechas, al escenario latinoamericano como respuesta al populismo de izquierda de Maduro. Venezuela ya está sumida en la anarquía social. Su socialismo siglo XXI fracasó. Brasil podría iniciar en firme su camino para quedar bajo el alero de las inestabilidades, de las diatribas y los sobresaltos. Ambos, populismo de izquierda y de derecha, son proclives a practicar torturas contra sus opositores, ambos se inclinan a pisotear los derechos humanos y a restringir la libertad de expresión. Parafraseando el texto de Caballero Escovar, parecería que “América volviera a ser una equivocación.
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Impactantes las revelaciones de los secuestrados por la guerrilla en las audiencias de la JEP. Han vuelto a revivir su calvario. Y a mostrar lo sanguinario e inhumano de estos subversivos, cuyos representantes más emblemáticos hoy se arrellanan con gran placidez y desparpajo en las curules del Congreso.
Entre las que más dramatismo mostró en sus confesiones, está Íngrid Betancur. Sobrecogedoras sus palabras por lo brutal como trataron a esta mujer. Golpeada, humillada en su intimidad ante sus apremiantes necesidades fisiológicas. Su relato estremece. Vejada con palabras y actitudes soeces. Golpes con cadenas en la cabeza, golpes en las manos con las culatas de los fusiles. Encadenada a un árbol. Torturas sicológicas con amenazas inminentes de ejecutarla. Las raciones de comidas que con cicatería le suministraban, las contaminaban con salivas e insultos. Cómo sería de dramático este relato –como el de sus compañeros de infortunio– que hasta algunos miembros de la JEP –de inocultable sesgo de extrema izquierda– derramaron algunas lágrimas. Y creemos que no eran de cocodrilo.
Narraba Íngrid Betancur que en esa guerrilla, que los mantenía como bestias acorralados entre alambradas infames, “los comandantes premiaban con ascenso a los guerrilleros que tenían comportamientos vulgares, irrespetuosos con las secuestradas”. Y eso cuando no eran violadas en turnos caprichosos organizados por sus captores. Se llegó al colmo del sadismo, como obligarla a dormir sobre “un nido de hormigas peligrosas o encima de un enjambre de garrapatas que duré días quitándome”. La sevicia y la crueldad no conocieron límites.
Si bien es cierto que se deben tragar sapos para labrar la paz, también lo es que no se pueden devorar los más grandes y verrugosos. Ellos envenenan.
Oyendo este relato, como el de algunos de sus compañeros de cautiverio, se concluye que los campos de concentración nazis, se quedaron cortos ante esta película de terror.