Columnistas

DOS MIRADAS, UNA SOLUCIÓN

05 de marzo de 2019

Por Héctor Andrés Mendoza L.

Universidad Pontificia Bolivariana

Facultad de Com. Social, 5° semestre hectorandres215@gmail.com

Hace pocos días ocurrió la demolición del edificio Mónaco, refugio del narcotraficante más sanguinario que ha tenido Colombia y estructura insigne de la violencia de nuestro país. La demolición de esta obra se hace con el objetivo de construir un parque en honor a las víctimas del difunto jefe del Cartel de Medellín, Pablo Escobar.

A raíz de esta acción he encontrado dos miradas: El primer punto de vista que quiero tratar lo criticó Gabriel García Márquez en su libro Noticia de un secuestro: “Años antes los narcotraficantes estaban de moda por una aureola fantástica. Gozaban de una completa impunidad, e incluso de un cierto prestigio popular por las obras de caridad que hacían en las barriadas donde pasaron sus infancias de marginados. Si alguien hubiera querido ponerlos presos podía mandarlos a buscar con el policía de la esquina. Pero buena parte de la sociedad colombiana los veía con una curiosidad y un interés que se parecían demasiado a la complacencia”.

En efecto, Escobar creó un proyecto que se llamaba Medellín Sin Tugurios y consistía en regalar viviendas a las personas de las zonas más recónditas de la capital antioqueña; esto creó una especie de deidad, pues nadie se había interesado por mejorar la calidad de vida de esas comunidades olvidadas por el Estado.

La otra perspectiva es la que el alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, busca incentivar por medio de la construcción del parque en honor a las víctimas. Este punto de vista lo explica el filósofo Estanislao Zuleta en su libro Colombia: Violencia, democracia y derechos humanos: “Que solo un pueblo escéptico sobre la fiesta de la guerra, maduro para el conflicto, es un pueblo maduro para la paz”. En concordancia, es de aplaudir las buenas intenciones de “pasar la página” de la violencia derribando monumentos de apología que recuerden ese pasado oscuro.

Efectivamente hay que reconocer que Colombia ha sido un país que se ha desangrado a punta de balas. Sin embargo, debemos ser capaces de comprender la otra cara que tenemos acerca de la violencia, ¿cómo es posible que un asesino de la magnitud de Pablo Escobar sea idolatrado por muchas personas? Esto tendría que ser el centro de la discusión y el punto de inicio por donde debería empezar el accionar del Gobierno si no quiere que este país vuelva a los años de carro bombas y recompensas por policías asesinados.

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