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Educación para la democracia

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25 de octubre de 2016

En la columna anterior hice referencia a la corrupción y a la manipulación electoral como factores que indican que estamos ante un fracaso de la democracia. Esto está directamente vinculado con algo más grave: el fracaso de la educación.

El fracaso de la educación tiene que ver con tres asuntos: i) la deficiente cobertura educativa, particularmente en los niveles técnico y superior. Aunque “hoy, el 85 % de los niños estudia en la escuela primaria y el 72 % de los jóvenes asiste a la secundaria, en el nivel universitario cerca de 6 de cada 10 jóvenes se quedan sin acceder a un programa universitario técnico o profesional” (De Zubiría); ii) el plebiscito permitió ver con claridad que existe un porcentaje importante de la población que es manipulable por su incapacidad para pensar autónoma y críticamente. Aclaro que los manipulables no pertenecen solamente a quienes votaron por el No; iii) con el limitado acceso a una educación con calidad especialmente para los estratos sociales más pobres. Pareciera que tenemos dos sistemas educativos: uno para los pobres y otro para los ricos. Mauricio García se refiere a este fenómeno con el concepto de “apartheid educativo”, esto es, inmovilidad social.

Estos tres problemas se reflejaron de forma dramática en el plebiscito. Un país en el que tres de cada mil personas saben leer de manera crítica no actúa según decisiones racionales. Esto lo comprendió muy bien el populismo uribista de derecha desarrollando una campaña política basada en la manipulación de emociones como el miedo o la venganza, usando temas como el fin de la familia, los auxilios a reinsertados, la “ideología de género”, etc.

El fracaso de la educación es resultado de que el sistema educativo ha fallado en el proceso de enseñar a argumentar, a pensar de manera crítica y a cultivar las emociones. La consecuencia del fracaso de la educación es que tenemos una parte importante de la población que, por su incapacidad para pensar autónoma y críticamente, puede ser manipulable por los políticos de cualquier tendencia.

El problema que debe resolver el sistema educativo es: ¿cómo formar individuos con capacidad de argumentar y criticar? ¿cómo cultivar las emociones para dirigirlas hacia los objetivos comunes de una sociedad liberal y pluralista? Centrar la política en emociones como el odio y la venganza polariza la sociedad. La educación debe hacer posible inspirar a los ciudadanos para que sientan en sus corazones emociones fuertes que los impulsen a luchar por los objetivos de su sociedad, la justicia, la paz, la inclusión. Ceder el terreno de la formación de las emociones al populismo de derecha les da una gran ventaja en el ánimo de las personas que ellos utilizan para sus fines agresivos y excluyentes. Educar es formar “mayores de edad”; es superar la minoría de edad que se produce por falta de autonomía. El ser humano debe ser cultivado por medio de disciplinas que desarrollen las capacidades racionales, valorativas y emocionales. Y esto es imperativo porque sin educación de calidad no podrá existir la democracia.