Columnistas

Educación para la democracia II

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01 de noviembre de 2016

Quiero ampliar un poco la reflexión sobre la incidencia del fracaso de la educación para la democracia. La consecuencia de esto es que una parte importante de la población, por su incapacidad para pensar autónoma y críticamente, puede ser manipulable por los políticos de todas las tendencias. Ser manipulable es una condición de una relación de alienación.

Una relación alienada es una relación deficiente que uno tiene con uno mismo, el mundo y los otros. Indiferencia, instrumentalización, aislamiento, pérdida de sentido, impotencia, son características de relaciones alienadas. La deficiencia en la relación consigo mismo y con los otros en la política, aísla al individuo y lo hace sujeto de instrumentalización, manipulación, control.

La política populista de Uribe ha tomado nota de esto, y aupada en ello va por las elecciones de 2018. El tipo humano que supone el populismo no es el hombre argumentador que participa en lo público, que lucha por la verdad, sino el hombre de la multitud. Como dice José Luis Villacañas, “el sujeto de la multitud no entra en ella por razones, especializaciones, antecedentes, intereses parciales”. La formación de una multitud requiere la exaltación e intensificación de las emociones. “Esas fuertes pasiones son el miedo, la ansiedad, la falta de horizontes y frente a estos estados emocionales y sentimentales, la inteligencia no es el primer recurso”. Ejemplos de esto en el plebiscito: el fin de la familia, los impuestos a las pensiones, los auxilios a reinsertados, el enfoque de género.

Uribe sabe para qué sirve esto en la política, porque entiende bien el sentido de la realpolitik: “no se puede hacer una mesa sin destruir árboles, no se puede hacer una tortilla sin romper huevos, no se puede hacer una república sin matar gente”, afirma una máxima de proveniencia maquiavélica. Tenga o no razón en esto Maquiavelo, hoy es necesario enfrentar a la realpolitik y al populismo con otras visiones de la política.

De manera breve quiero señalar como alternativa la política de orientación aristotélica, como la que se encuentra en Tocqueville, Arendt, Habermas o Nussbaum. Esta última muestra en su libro Emociones políticas, que basar la política en emociones como el odio y la venganza polariza la sociedad. El más evidente de los peligros es el de la exacerbación de unos valores equivocados: venganza, repugnancia, asco, exclusión y odio a ciertos grupos raciales, sexuales o a otras naciones.

Una política centrada en emociones que fomente valores positivos haría posible formar a los ciudadanos en una sociedad que aspire a la justicia y la igualdad de oportunidades para todos, para que se comprometan con proyectos valiosos como la redistribución de la riqueza, la inclusión de los marginados, el reconocimiento de las víctimas, las demandas de la paz y la justicia.

En suma, se trata de desplegar un proyecto educativo para la democracia. En este, el ser humano debe ser educado por medio de disciplinas que desarrollen las capacidades racionales, valorativas y emocionales. Y esto es imperativo porque sin educación de calidad no podrá existir la democracia.