Efectos secundarios del mundial de fútbol
“Cómo vas a saber lo que es el amor, si nunca te hiciste hincha de un club. Cómo vas a saber lo que es el dolor si jamás el zaguero te rompió la tibia y el peroné y estuviste en una barrera y la pelota te pegó justo ahí”. Del “Poema al fútbol” de Quique Wolf.
Confieso que los campeonatos mundiales de fútbol cada vez me interesan menos pues, aunque están presentes los mejores jugadores del mundo, al ser un deporte de conjunto, no se ve buen fútbol en el mundial porque no necesariamente compiten los mejores equipos.
No obstante reconozco que es un fenómeno sociológico y cultural significativo, que mueve pasiones y billones de dólares, revive sentimientos nacionalistas más o menos risibles, le da comida a muchos por unas semanas, sube el precio de los televisores, te embuten planes de televisión satelital, reúne amigos olvidados y propicia nuevos, se venden muchas camisetas, bastante feas por cierto, los niños quieren ser delanteros, incluso hasta porteros, aunque ningún Mundial provoca una oleada de vocaciones tardías de árbitros, se activa un tráfico de láminas autoadhesivas de álbumes que luego estorban mucho, y se estimula una contienda por demostrar quién tiene más memoria y recuerda quién marcó el cuarto gol en el partido de la final del 30 de julio de 1930 en el que Uruguay venció a Argentina.
En los mundiales es más evidente que en Argentina, los comentaristas de fútbol son una especie de pandemia que se reproduce como un virus, aunque no se explica uno cómo hacen para vivir de eso tantos tipos que odian peinarse y dicen ser quienes le enseñaron a jugar a Menotti.
También aumenta el número de novias que, temiendo verse desplazadas por 22 tipos del mismo sexo de su novio, se convierten súbitamente en hinchas que gritan cuando uno, que ni saben cómo se llama, mete un gol, aprovechando la euforia para darle un abrazo y sentir la barriga de su amado que en ese mes de Mundial crece por tanta cerveza y choricito coctelero.
A propósito del fútbol mundialista, no hay consenso todavía si es un anestésico o un catalizador sexual. Unos dicen que, de ver tantos goles, a los aficionados mundialistas los entristece reconocer lo malos que son penetrando el arco contrario. En el Mundial de Sudáfrica, una encuesta determinó que sólo el 5 % dejaría de ver un partido por tener sexo con su pareja. Otros en cambio, aseguran que tanta hinchazón de redes anima a meter más goles, aunque el partido siempre sea en la misma cancha y contra el mismo equipo. El decaído índice de natalidad alemana revivió en 2007, nueve meses después del mundial en el que la felicidad de los hinchas enardecidos los llevó a tener sexo sin protección. Por eso le sugiero que se protejan. Compren un buen estabilizador de voltaje para su televisor, no vaya a ser que un rayo se los queme.