El 11 de septiembre de la Iglesia
Al conmemorarse 17 años de los atentados en Manhattan, Washington y Pensilvania, el prefecto de la casa pontificia monseñor Georg Gänswein dijo que la crisis de abusos sexuales es como “el 11 de septiembre de la Iglesia” con la diferencia de que esta catástrofe “no se asocia desgraciadamente a una única fecha, sino a tantos días y años, y a incontables víctimas”.
Todos los que teníamos uso de razón en 2001 recordamos cómo el mundo cambió después del 11 de septiembre hasta en pequeños actos cotidianos. Se tuvo que intensificar de manera drástica la seguridad aeroportuaria. A muchos pasajeros nos ha tocado deshacernos de nuestras colonias, cremas o de cortaúñas antes de subirnos a un avión ¿pero acaso yo tenía la intención de atacar a alguien con estos artefactos? ¡Por supuesto que no! pero de ningún modo estos deben ir en el equipaje de mano. Así se garantiza la seguridad de los pasajeros.
Lamentablemente, desde 2001 las personas de raza árabe son miradas con sospecha. El islamismo es visto por el ciudadano común como la religión del terrorismo, aunque millones de musulmanes trabajen para ser agentes de paz. Pero también es real que los actos de unos pocos causaron un daño tremendo, inmediato y colateral y que este hecho, del que la mayoría de personas de raza árabe es totalmente inocente, ha creado un tremendo estigma cultural.
Hoy el catolicismo está en la mira por los crímenes cometidos por unos agentes pastorales hacia niños y jóvenes a lo largo de varias décadas. También el daño inmediato y colateral ha sido tremendo. Muchas personas que se han acercado a la Iglesia con deseos de conocer a Dios y crecer en la fe y han resultado decepcionados. Llevan consigo la herida de la traición y el trauma de haber sido abusados por la persona que creían más confiable.
En Estados Unidos, desde el año 2002, cuando estallaron los escándalos con un reporte elaborado por el periódico Boston Globe, hay medidas de todo tipo para proteger a los niños que van a las parroquias y catequesis. Los clérigos e incluso laicos activos en los ministerios somos vistos por el resto del mundo a veces con sospecha y así como al pasajero le decomisan el cortaúñas antes de subir a un avión, a nosotros no se nos permite estar solos con un menor o grupos de menores en un carro o un recinto cerrado. Medidas muy saludables para establecer límites y no dar pie a ninguna sospecha, pero que han tenido que marcar un cambio en la actividad pastoral de todo el país.
Pero aún en medio de esta crisis brilla el ejemplo de tantos hombres y mujeres, tanto clérigos como laicos, que viven aquello que predican y que con sus buenas obras siguen reflejando el rostro de Cristo donde quiera que vayan. Es eso lo que mantendrá de pie a la Iglesia.
Cayeron un par de torres (emblemáticas por cierto), pero no la ciudad entera. Caen y caerán algunos sacerdotes que parecían muy buenos e incluso santos, pero no por ello se derrumba la Iglesia. Y como dijo monseñor Gänswein el pasado 11 de septiembre “el eclipse de Dios no significa para nada que Dios no exista, sino que muchos ya no reconocen a Dios porque frente al Señor se han interpuesto sombras que lo oscurecen. Hoy son las sombras de los pecados, de los entuertos y de los delitos dentro de la Iglesia lo que oscurece su luminosa presencia a la vista de muchos”.