EL ADVIENTO: UNA INVITACIÓN A LA ESPERANZA
Comienza en la Iglesia Católica el tiempo del Adviento, palabra proveniente de latín que significa advenimiento o venida. La petición del Padrenuestro en la que decimos venga a nosotros tu Reino, es especialmente significativa en este tiempo de preparación para celebrar en la Navidad la venida de Dios hecho hombre a la tierra.
Esta venida no es solo un hecho que sucedió hace poco más de veinte siglos con el nacimiento de Jesús. Él sigue llegando a cada persona dispuesta a recibirlo. En la Eucaristía se repite la invocación “¡Ven, Señor Jesús!” (Apocalipsis 22, 20), con la que los primeros cristianos expresaban la esperanza en su venida gloriosa, que se manifestará plenamente al “final de los tiempos”.
El Evangelio de hoy (Lucas 21, 25-36) se refiere precisamente a ese “final de los tiempos”. Para cada persona este final será el momento de su paso de la vida presente a la eternidad. El lenguaje llamado apocalíptico describe el paso de este mundo al futuro con las imágenes simbólicas de un cataclismo universal, no para que nos sumamos en el miedo o el pesimismo, sino para indicarnos que este mundo presente es transitorio, y también para que, animados por la esperanza, nos dispongamos a que el Señor nos libere de las cadenas del egoísmo que nos atan a lo material y, como dice el apóstol san Pablo, estemos bien preparados para “el día en que venga Jesús, nuestro Señor” (Tesalonicenses 3, 12 - 4,2).
El tiempo de la Navidad, que la publicidad comercial ha iniciado ya incluso desde antes del Adviento con sus anuncios y decoraciones de luces multicolores, suele ser para muchos un tiempo de rumba en el que abunda el licor y se multiplican los afanes materiales, mientras lo que verdaderamente significa la conmemoración del nacimiento y la infancia de Jesús pasa a un segundo plano o simplemente desaparece.
Por eso mismo, frente al olvido del sentido auténtico del Adviento y la Navidad, aprovechemos este tiempo como una oportunidad de renovación de nuestra esperanza. Una esperanza activa en la que tenga prioridad para nosotros la dimensión espiritual, manifestada en la disposición efectiva a compartir lo que somos y tenemos con los más necesitados.